domingo, 20 de abril de 2014

¡¡Felicidades a todos!!

Pasado el sábado, al rayar el alba, el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. De pronto hubo un terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó en ella. Su aspecto era como un rayo, y su vestido blanco como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos. Pero el ángel, dirigiéndose a las mujeres, les dijo: «No temáis, sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como dijo. Venid, ved el sitio donde estaba. Id enseguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis. Ya os lo he dicho».
Ellas se alejaron a toda prisa del sepulcro, y con miedo y gran alegría corrieron a llevar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús salió a su encuentro y les dijo: «Dios os guarde». Ellas se acercaron, se agarraron a sus pies y lo adoraron. Jesús les dijo: «No tengáis miedo, id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán». (Mt 28, 1-10)


¿Quién nos removerá la piedra? Se preguntaban María Magdalena y la otra Maria... pues la piedra era enorme, se necesitaba la fuerza de varios hombres para mover la piedra del sepulcro donde había sido depositado el cuerpo de Jesús... Y fue un ángel del Señor el que removió la piedra para estas mujeres. A nosotros también nos pasa, a mí me pasa, que hay cosas que yo sola no puedo “remover”, cuando te conoces un poco ves que hay losas que te aplastan y no te dejan respirar a pleno pulmón... La piedra a veces se hace apabullante, e inutiliza. Imposible en mis fuerzas remover la piedra de ese rencor, o esas incomprensiones que tanto me hacen sufrir, o ese pecado oculto que nadie conoce, sólo Dios y yo, sí... tiene que venir el mismo Señor, el mismo Dios a remover esa piedra. «Hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó en ella». Tiene poder para sacarme de ahí, de ese pozo en el que yo sola me he metido, pero del que no puedo salir sola.
Me resuenan ahora esos versos que dicen: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré salir de vuestros sepulcros, y sabréis que yo soy el Señor”. ¡Abrid las puertas de vuestros sepulcros, pueblo mío y os iluminará el sol de justicia!, qué verdad es ésta. Sólo hay dejarse hacer, dar un pequeño -o gran- paso, el de someter la propia voluntad a los designios de Dios Padre, que nos conoce mejor que nosotros mismos.
Hay una frase que leí hace tiempo, de alguien, y que me gustó tanto que la tengo en la mesa de trabajo, y la leo cuando lo necesito -hay veces, que casi todos los días-, dice así: “Toda situación encuentra su esperanza en la piedra rodada y la tumba vacía”. Si esto se hace carne en nosotros, ¿quién contra nosotros? Toda nuestra vida será alabanza y bendición, incluso en medio del sufrimiento, porque la piedra ha sido rodada y la tumba estaba vacía, porque el Señor está RESUCITADO.


¡Felicidades a todos! Porque el que estaba perdido (tú y yo) ha sido encontrado, y el que estaba muerto (tú y yo) ha vuelto a la VIDA, FELICIDADES a todos, porque va delante de nosotros, nos precede, y le encontramos en cada una de las “Galileas” que tenemos a nuestro alrededor. El Señor Jesús, que es fiel, nos sale al encuentro igual que a las santas mujeres, y pide por nosotros al Padre («Dios os guarde»), ¡qué consuelo poder contar con su intercesión!. No tengamos miedo, el miedo no es propio de los Hijos de Dios. Afrontemos la vida sabiendo que el Señor está con nosotros, y nos acompaña siempre. “No habéis recibido el espíritu de Hijos, para recaer en el temor” nos dice san Pablo. Sí, somos Hijos de Dios y herederos del cielo, ¿qué mayor dignidad? Alegrémonos hermanos, porque sin merecerlo, hemos encontrado la piedra preciosa, Cristo Jesús.