domingo, 18 de enero de 2009

Mis queridos ateos


Bueno, la verdad es que no sé muy bien qué deciros, mis queridos ateíllos,
me habéis dejado un poco intrigada con la que habéis organizado en Barcelona.
¿Quién os manda meteros en semejante berengenal?
!Con lo bien que estábais con vuestra vida alegre y divertida!

La verdad, es que cada vez que lo pienso, me acongojo más...
A ver, ¿Es que sois tan solidarios, que no podéis pasar sin mostrar al mundo,
lo bien que se está sin creer en nada?

Acaso es que os dan pena, pobrecitos, tantos iluminados que últimamente
salen de sus madrigueras, hablando de un Dios que no existe, destrozados,
en su más íntimo ser, por las coyundas eclesiales, sin poder darse un respiro,
echar una canita al aire...

Quizás es que vais de salvadores de la humanidad, o simplemente de ilustrados,
grandes conocedores de la urdimbre del Universo... dotados de un especial talento
-no se sabe muy bien por Quién otorgado-
para atisbar el engaño, la hipocresía, el hedor burgués...

Me encanta.
Queridos ateíllos, qué flaco favor os estáis haciendo a vosotros mismos.

Yo, de principio, hubiera hecho una campaña, pero del tenor siguiente:

DIOS EXISTE, DEJA DE PREOCUPARTE
Y DISFRUTA DE LA VIDA.

Porque me da la impresión de que los preocupados, sufridos y malheridos
por la vida sois vosotros. Yo disfruto muchísimo de cada momento, de cada día...
lo vivo como si fuera el último, precisamente porque le he encontrado
a esta existencia, su sentido verdadero. Entregándome, y amando,
porque he recibido mucho de mi Padre Dios, y en la medida de mis posibilidades,
trato de corresponderle.

Nadie os odia, los cristianos -al menos los que queremos seguir a Cristo,
con una mínima coherencia- no os buscamos las cosquillas,
en todo caso, nos dais una cierta "pena". Lo digo sin acritú.

Mirad, la vida sin Dios, es un clínex. Ni más, ni menos. Usar y tirar.

Yo estuve así un tiempo, gracias a Dios (a ese Dios en el que no creéis), no fue mucho.
Pero lo suficiente para ver el absurdo, el sinsentido, la banalidad de una vida
que hoy es, y mañana ya no es.

Por cierto, nosotros, los cristianos, cogemos la vida en peso, todos los días...
no es que queramos evadirnos de la realidad, ni muchísimo menos. Sólo que Dios está
con nosotros. Esta perspectiva es la que a vosotros os falta: la de la esperanza.

Y una vida sin esperanza, es un fracaso.
Con el sufrimiento que esto implica. Sacar el día a día en tus propias fuerzas,
es complicado, yo diría que agotador.

Mecerse en los brazos del Padre, es otra cosa... ni comparación.

Ya sé que la fe es un don, un regalo, que uno no siempre la tiene a antojo,
sin embargo, existen indicios evidentes de la presencia de Dios en el mundo, en el cosmos,
en cada vida en particular...
sólo hay que tener los ojos del corazón bien abiertos para verlos.

Y esto sí que se puede pedir. La Fe.
Gritadle, si acaso estuviere sordo, que no lo está.
Gritadle con fuerza, como el ciego aquel del evangelio, que al paso de Cristo Jesús,
gritaba, se desgañitaba, diciéndole: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí...

Y Jesucristo, volviéndose, le pregunta:
"¿Qué quieres que te haga?"
-"Señor, que vea".

Y se le entreabrieron los ojos, y daba saltos de alegría
aquel que en otro tiempo fue ciego de nacimiento.

Sabéis, porque vosotros lo sabéis todo, que Cristo puso barro en los ojos de aquel ciego,
y que ese barro era toda su vida anterior, toda su podredumbre espiritual, sus miserias,
todo lo que le impedía amar, verdaderamente,
y que tras reconocer su limitación, su ceguera... este ciego se lavó.
Entró en las aguas, y sanó.

Queridos ateíllos, yo sé que no sois felices, por mucho que lo intentéis disimular...
habéis sido creados para amar en plenitud, y eso es imposible -os lo digo yo,
que sé de lo que hablo- si Dios Padre no os baña con su Espíritu.

Así que, no os empecinéis. Total, tarde o temprano, caeréis en la cuenta de que habéis sido creados para algo más que para comer, beber, divertirse, y trabajar.

Ese Padre en el que no creéis os lleva tatuados en la palma de sus manos,
sois preciosos a sus ojos, únicos.
Y ese Hijo, en el que no creéis, ha dado hasta la última gota de su sangre
por cada uno de vosotros -y de nosotros, claro-. Para que tengamos Vida, y vida abundante.

¿Podéis amar vosotros así? Yo, sin su Espíritu, no.

Con Dios.

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