viernes, 9 de octubre de 2009

Mohamed




Vengo conmocionada. Acabo de llegar a casa, después de haber conocido a un joven palestino, con el que hemos charlado mi hermana de comunidad, Andrea, y yo misma, durante más de una hora. Ha sido una experiencia conmovedora.

En esa casa hoy, se han conmovido los cimientos de los prejuicios, los recelos, y las animadversiones. En esa casa hoy se ha construido, un poquito, la paz.

Pero empiezo por el principio. No sé deciros como se llama el chico en cuestión (es un nombre
árabe), le llamaré Mohamed... resulta que nos ha abierto su casa, en esto los musulmanes nos
llevan ventaja a los cristianos, porque son extremadamente hospitalarios... y también nos ha
abierto su corazón.

Está en Madrid estudiando música, debe tener unos veintipocos años, es muy guapo, moreno...
con esa belleza discreta que, a mi forma de ver, es la más atractiva...
me recordaba mucho a mi hermano el "pequeño" (tiene ya 27 años) que también tiene rasgos árabes (por algo somos andaluces).

Mohamed nos ha contado cómo esta la situación en Palestina.
Nos ha abierto los ojos ante el terrible azote de la guerra, nos ha contado que han muerto su hermano, su primo... algunos amigos... que tiene amigos cristianos, que les han acogido en su casa, cuando ellos perdieron la suya...
nosotras le hemos hablado del Padre en común que tenemos, que nos quiere, nos cuida y nos ama, incluso cuando nos dedicamos a propagar el mal...

Hemos hablado del amor al enemigo...
que Cristo habla de que hay que dar la vida, incluso por aquel que nos odia. Algo que no está en nuestras fuerzas, evidentemente, esto ha de venir del Espíritu,
si no, es imposible, amar en la dimensión de la cruz...

Hemos rezado juntos, a nuestro Padre común, por la paz,
para que desaparezca el odio y cesen las violencias,
por aquellos seres queridos que han muerto, por los que viven con el dolor de no tener físicamente a sus hijos, hermanos, padres...
nosotras hemos alzado las manos y hemos desgranado el Padrenuestro,
él también ha alzado sus manos, y ha rezado una oración en árabe,
que no hemos entendido evidentemente,
pero a la que nos hemos unido de corazón.
Después, nos hemos dado la paz.

A él se le saltaban las lágrimas mientras rezaba.
A nosotras se nos ha ensanchado el espíritu...
Qué poco cuesta amar, cuando el Señor está enmedio.