domingo, 5 de abril de 2015

Ven del Líbano, esposa

Anoche celebramos la Pascua. El paso del Señor de la muerte a la vida. Y como todas las Pascuas, hoy, al día siguiente de que se me removiera el corazón, estoy tocada. Tú, Señor, eres tan grande que me dejas sin aliento. ¿por qué sigues fijándote en mí? ¿Una pobre que no puede ni con su propia vida? ¿Por qué sigues apostando por mí? Ayer escuché tantos testimonios de tu amor que me di cuenta de cómo amas a tu criatura… lo das todo, lo renuevas todo. Lo haces todo nuevo. Cómo transformas los corazones y los sostienes ¡es algo impresionante! 

Ayer salieron a la luz, en los ecos a la Palabra, situaciones duras, que hubieran tumbado al más intrépido si tú no le hubieras confortado. Tanta delicadeza me sobrepasa. Conmigo sigues teniendo palabras de vida eterna. De consuelo, de aliento. “Tus hijos serán mis discípulos. Tendrán gran paz tus hijos”, esto, me conmovió las entrañas. Tú sabes cómo hemos sufrido José Manuel y yo. Indignos amigos tuyos. Cómo nos pueden nuestros pecados, cómo muchas veces somos el anti-testimonio. No valemos nada. Y sin embargo, tú apuestas por nosotros, por nuestros hijos. Ayer me regalaste una confianza total, y una esperanza firme de que tú estás ahí. Y lo puedes todo. Ya hemos visto cómo cuando las aguas de la muerte nos ahogaban, has salido fiador por nosotros, por nuestros hijos.

Yo he visto cómo nos cuidas. He visto primero a una de nuestras hijas, vapuleada, herida por sus esclavitudes, y esta misma hija un día, hace poco, nos sentó a todos en unos laudes y nos pidió, a su manera, perdón. Y no sólo eso, yo vi cómo su vida había sido tocada por ti. Tú lo renuevas todo. Y también estás renovando esta vida rota, y creando una criatura nueva. La alegría ha vuelto a su cara, y la paz, que es lo más importante. Porque tú, de la muerte sacas vida. Y esta otra hija, la última que nos ha hecho beber la copa de la amargura, ayer estaba sentada en la asamblea celebrando tu resurrección. Me acordé de años atrás, cuando te dije, entre tú y yo, que estos hijos eran para ti. Ofrendados a ti. Y tú me has tomado la palabra, y no nos quitas la tribulación, porque los que quieren ser amigos tuyos han de pasar por muchas pruebas. Pero nos reconfortas.

Y algo más, he aprendido que la prueba no dura eternamente. Que la tribulación tiene un tiempo, y luego pasa. He aprendido que Satanás quiere quitarnos la esperanza, quiere que experimentemos el infierno más profundo, y para eso borra del horizonte la salida. Pero yo ya sé que existe una puerta, una salida para toda tribulación, y esa puerta eres tú, Señor y dador de vida.

Ayer volviste a recrearme. Vi a nuestro hijo mayor alabándote en medio de la asamblea y se me esponjó el corazón. Qué grande eres. Cómo nos mimas. Eché de menos al segundo de los nuestros, que está buscando su camino… tú Señor, llevas la historia. Son tuyos. Tú me los has dado. Cuídalos como a las niñas de tus ojos. Hoy pongo ante ti, ante tu presencia, a cada uno de nuestros hijos. Son para ti. Señor, una palabra tuya, y bastará.


Ayer me dijiste de nuevo al oído: te quiero. Ven, del Líbano, esposa. Sal de tus inquietudes, de tus miedos, y ven a mí. Me desbordaste, una vez más. Acuérdate de José Manuel y de mí misma. Que seamos uno en ti, para que podamos dar fe del amor que nos tienes.