jueves, 28 de marzo de 2013

Algunos apuntes al evangelio del Viernes Santo




“Salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas el traidor conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas, entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús: «Yo soy». Estaba también con ellos Judas el traidor. Al decirles «Yo soy» retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: «¿A quien buscáis». Ellos dijeron: «A Jesús el Nazareno”. Jesús contestó: «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos». Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces, Simón Pedro que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?»  (Jn 18,1-19,42)





Me imagino aquel huerto a oscuras, y tú Señor, orando y velando mientras tus discípulos eran abatidos por el sueño. Tú, manteniendo un diálogo cercano y directo con tu abbá, tu Padre querido, pidiéndole que apartase de ti ese caliz, ese acontecimiento que como hombre, te superaba. Sabías que la muerte se cernía sobre ti, y que todo estaba en Sus manos.

Sin embargo, no dudaste un ápice en manifestarte como Dios hecho hombre, cuando respondiste a los que te buscaban: “Yo SOY”. Igual que dijo Yahvé a Moisés cuando le habló desde la zarza ardiente: «Yo soy el que Soy». «Y esto dirás a los israelitas: Yo SOY me ha enviado a vosotros»-. Tal fue el impacto de estas palabras en tus opresores que dieron con el rostro en tierra. No les pasó desapercibida esta manifestación tuya como Hijo de Dios. ¡Con qué autoridad debiste hablar! Siempre me ha llamado la atención esa firmeza, esa fortaleza que tenían tus palabras y todo tu ser injertado en la misma naturaleza de Dios vivo.

Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” Señor Jesús, primero rogaste, suplicaste que pasase de ti ese horror, esa muerte cruenta... oraste al Padre y sudaste gotas de sangre. Pero después, dijiste “hágase”, no saliste huyendo, te mantuviste firme abrazado a la voluntad de tu Padre Dios, confiando en que “eso” era lo mejor para ti, y para la humanidad entera. Tú Dios y Tú hombre verdadero. Y como hombre, sufriste. Y como hombre tuviste miedo, y como hombre rezaste y te pusiste en las manos del único que salva.

Con tu actitud nos enseñaste algo inaudito, algo de una belleza singular, algo que no se entiende mas que bajo la acción del Espíritu Santo: a abrazar la cruz. A no renegar de la voluntad de nuestro Padre, a saber que todo lo que permite es bueno, para nosotros y para los que tenemos alrededor, aunque en eL momento de dolor y angustia no lo entendamos.

Asumiste en tu carne a la humanidad doliente y herida por el pecado.

Era el día de la preparación de la Pascua. Y como cordero llevado al matadero, no abriste la boca ante insultos y salivazos. Fuiste tú el cordero inmolado por la tarde. En la pascua judía se recordaba -y se recuerda- la liberación del pueblo hebreo de las manos del Faraón, se recordaba la salida de Egipto, en esa pascua los israelitas comieron el cordero y tomaron el pan -sin levadura- y el vino con las sandalias calzadas y las “maletas” hechas. Dispuestos a dejarse guiar por Moisés. Hoy nuestro Moisés es Jesucristo, el que nos hace pasar cada día por entre las aguas de la muerte, el que ha asumido en sí mismo la condición de esclavo, para conducirnos a la nueva Jerusalén, a la tierra que mana leche y miel. Al cielo.

Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”, decían los sumos sacerdotes. Pero... es que era verdad (“Mi reino no es de este mundo”). Es que es el Hijo del Padre. El que nos ha abierto las puertas del cielo. Un sacerdote viejecito con el que me confesaba hace años, me decía siempre al terminar de exponerle mis pecados: “Hija, muy cara le has costado a Jesús. Pídele perdón”. Sí, machacado y humillado por mis culpas.
Pero también se puede ver esto desde otra perspectiva: alegrémonos, porque Cristo ha derramado cada gota de su sangre, por cada uno de nosotros. Cuánto nos ha de querer el Padre... cuánto amor... valemos la sangre de Cristo. Tenemos una dignidad, la de Hijos de Dios y herederos del cielo, que no nos la puede quitar nadie. Que no se nos olvide nunca que el Señor está por nosotros.

Por último, junto a la cruz estaba su madre, y otras santas mujeres, y el discípulo amado, Juan, el mismo que nos relata este evangelio. El sufrimiento de María debió ser inenarrable. Una madre viendo a su hijo atrozmente escarnecido, vapuleado, machacado, humillado. Asesinado. Una madre que como el Hijo, no abrió la boca. En ella, en su fortaleza, en su fe fundamentada en una profunda unión con su Padre Dios, buscamos refugio. Ante la adversidad, ante lo que no comprendemos y que nos duele hasta el tuétano, nos unimos a ella. Madre del Amor hermoso. Madre de la fe. E igual que ella es acogida en casa de Juan, por petición de Jesús. También cada uno de nosotros la acogemos en nuestra casa, en nuestro propio ser, para que nos ayude a caminar viendo más allá de lo que los ojos ven. Mirando al cielo.