viernes, 22 de marzo de 2013

"Para quererse no se necesitan papeles"


Llevo unos cuantos días enfrascada en la lectura de un libro apasionante del que seguramente escribiré algo cuando lo termine. Como digo, estaba leyendo este libro en el metro, camino del trabajo, cuando dos señoras casi pegadas a mí, comenzaron una conversación en tono alto, tanto que captaron mi atencíón y tuve que dejar de leer. Ya entradas en años, una le decía a la otra:

- Pues sí, está viviendo con él. Ella ya estuvo casada antes, unos cuantos meses, no sé si llegarían al año, y después lo dejaron. Claro, los caracteres incompatibles. Aunque es buen chico, este primero, ¿eh?. Menos mal que no tuvieron ningún hijo.

-¿Y el de ahora, cómo es?

-Pues es majo. Han alquilado un piso cerca nuestra. Nosotros conocemos mucho a los padres de ella.

-¿Y se han casado?

-Pues no sé. Pero qué más da. Para quererse no se necesitan papeles.

La amiga de ésta, la "sin papeles" repitió esto mismo, dos veces. Ella lo tenía muy claro, ¿caracteres incompatibles? Separación al canto. ¿Enamorados? Adelante, los papeles se los lleva el viento.

Esto, que parece una conversación trivial, cotidiana, tiene mucho fondo. Es lo que piensa mucha gente, es la marea que nos lleva lejos, bien entrados en el mar del relativismo. Todo vale. Es el típico tópico que va pasando de boca en boca, de mente en mente, hasta anular las conciencias.

Lo primero, para amarse no es que sean necesarios "papeles", es que si quieres que tu vida de pareja funcione, has de sustentarla en algo sólido. Algo, o mejor Alguien. Y si no es así, da igual que tengas papeles o dejes de tenerlos, tu relación de pareja será proporcional a tu egoísmo. Llegará un momento en que el "yo" pisará al "tú", y entonces, la "incompatibilidad" de caracteres será un hecho. ¿Quién tiene la culpa? Seguramente los dos. Porque "eso" no era amor de verdad, era otra cosa, era deseo y pasarlo bien juntos, pero nada que ver con el amor cristiano, ese que se basa en un compromiso.


Los "papeles" significan un compromiso, y si hablamos de matrimonio cristiano, significa que Uno, que no soy yo, ni es mi pareja, se compromete con nosotros para que nuestra vida dé fruto y fruto abundante. Fruto en forma de entrega, de renuncia, de perdón, de comunión, de alegría, de paz... Jesucristo, ese al que muchos no conocen ni por el forro -otros lo intentamos conocer poco a poco, aunque el trabajo es arduo- es el garante de mi matrimonio.

 Él es el que sale fiador por mí cada vez que me busco a mí misma, y me olvido de mi marido; Él es el que sale a por la oveja perdida que soy yo, y es él, y nos vuelve a llevar en sus hombros. Parece un cuento, pero no lo es. Esto lo puedo asegurar, porque lo tengo vivido. Es el Señor el garante de mi felicidad, de mi matrimonio, si no fuera por Él, los dos andaríamos ya como ovejas descarriadas, perdidas, sin norte... Por eso es tan importante enfocar bien el asunto, para desenrollar el ovillo. El problema no es que esa persona a la que quisiste un día haya cambiado, ya no sea como tú quieres.... el problema no es que te sientas defraudado... el problema estriba en ti. Mira en tu interior. ¿Has dejado que la exigencia, el "yo"anule al "tú"?  En dónde has puesto tu confianza, en dónde has fundamentando tu matrimonio...¿en el dinero, en el placer, en los amigos, en el trabajo? Estos ídolos son de barro. No llevan a ninguna parte.

No digo que no haya casos extremos en los que la separación sea necesaria, pero no es lo normal. Lo normal es que nos encontremos con hombres egoístas y mujeres hartas, lo normal es que la exigencia (de la mujer) se vuelva el pan de cada día, lo normal es que si Jesucristo no está en medio, ayudando con su Palabra, y con su cuerpo y su sangre, la casa se convierta en un infierno. Esto es así. Somos tan egoístas que nos introducimos en un círculo vicioso de búsqueda de placer del que es muy difícil salir. Por eso hay que cimentar sobre roca. "Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón".

El otro día me decían que una conocida estaba "arrepentida" de haberse separado, porque con la separación no habían disminuido los problemas, al contrario, habían aumentado: sus hijos estaban destrozados, y ella también. Seguía relacionándose con su exmarido, aunque de otra manera, y el daño que había causado parecía irreparable. No seamos insensatos. Si el Señor nos da agua viva si se la pedimos. Sólo hay que alzar las manos... No sé por qué estoy escribiendo todo esto. Sólo puedo decir que llevamos 20 años casados y ahora, después de tantos años, es cuando el Señor nos está regalando el vino bueno, ese de las bodas de Caná. Se hace esperar, pero merece la pena. Lo aseguro.