miércoles, 4 de marzo de 2009

Haciendo pan ácimo


-->Acabo de releer un cuento que hice hace unos años, en el que los protagonistas eran nuestros hijos.
Y en él hay una historieta corta donde se ve cómo los niños pueden vivir la fe
de una forma natural. Lo transcribo porque, además de que me ha hecho gracia,
viene bien para replantearnos todos, esto: cómo transmitimos a los más pequeños
de la casa,aquello en lo que creemos.
"Cuando se cansan de jugar a las tiendas, deciden hacer pan ácimo
como el de mamá”. Aprovechando que su padre está jugando en el ordenador
pringan la cocina de arriba abajo.
La mamá de los siete, de vez en cuando hace pan ácimo, para la eucaristía del sábado por la tarde, de la parroquia. Por eso, cuando juegan,
las niñas no van al Corte Inglés a comprar ropa, sino que van a misa.

-El pan de Cristo, dice María, alzando solemnemente un poco de masa
de harina y agua.
-Amén, amén, responde Teresa, abriendo la boca, para recibir el manjar.
Después Victorita, de dos años, canta: Aleeeeeluya, Aleeeeeluya.....
aunque, si se tercia, canta también la canción del verano, que dice...
Papi Chulo, papi chulo...
Lo malo es cuando mamá vuelve de la compra y comprueba cómo está la casa:
una habitación con todos los zapatos esparcidos por la cama,
la otra, llena de juguetes y cachivaches por el suelo,
la de más allá, repleta de libros, y la cocina,pringada de harina hasta el techo.

--Ahhhhh!!!! Ahora mismo lo quiero ver todo recogido, y limpio!
Grita mamá, mientras deja las bolsas de comida en el cuarto de baño,
el único lugar decente de toda la casa".

Hay una cosa que tengo clara en esto de la transmisión de la fe,
y es que, a mis hijos, en ello, "les va la vida".

No creo que unos buenos estudios, o un buen trabajo,
o una buena "pareja"les dé la felicidad.

A mí no me la ha dado.

Me explico, creo que todo esto es "basura",
si mis hijos no tienen lo fundamental,
el sentirse queridos y amados por Dios, su Padre.

Cuando tengan una dificultad, un problema serio en sus vidas,
no recurrirán a las horas de estudio que pasaron en su habitación,
o a lo competentes que son frente a un ordenador. Ni siquiera su mujer,
o su marido, podrán llenar su soledad.

Entonces estás enfrentado al mundo.

Solo, o con Dios.

Y esta es una diferencia sustancial.

Por esto creo que los padres cristianos tenemos una responsabilidad muy seria
en cuanto a la transmisión de la fe. En cuanto al testimonio de la fe.

Ni José Manuel ni yo pretendemos mostrarnos "buenos" ante nuestros hijos.

Sería una temeridad.

El único bueno es Dios.

Esto ellos lo saben muy bien. Su padre es un pobre hombre, y su madre,
una pobre mujer, a los que el Señor ha rescatado de la muerte.

De esa muerte interior de la que no puedes salir por ti mismo.
De esa muerte que te postra, y te hace incapaz de amar, y de donarte.

No somos buenos. Intentamos seguir a Cristo Jesús con nuestra vida.
Y ajustarnos a su Palabra.

Ni más, ni menos.

Y cuando nos caemos, nos levantamos.

José Manuel tiene una cosa muy de agradecer, y es que cada quince días,
más o menos, se lleva a los niños, y a los menos niños -a todos los que quieren-
a reconciliarse. A confesarse, como se diría antiguamente.

Después, se van a una cafetería, a celebrar la reconciliación con unos buenos
churros, o algún bollo con chocolate.

Recuerdo a mi madre rezando el "Jesusito de mi vida" conmigo,
antes de dormir, y de algunos libros de santos,
como aquel de san Tarsicio,
un niño romano al que apedrearon por no dejar que profanaran
el pan consagrado, que llevaba escondido bajo su ropa.

Es curioso cómo algunos libros pueden abrir tu hambre de Dios.
Me acuerdo sobre todo de mi "Biblia para niños",
esa, la tenía superojeada.

Hoy, lamentablemente, los padres andamos en general un tanto perdidos
en cuanto a cómo dar, lo que hemos recibido.
Creo que la clave está en buscar un tiempo para dedicarlo a este asunto.
Un tiempo frecuente. Y mostrar tu propia vida. Tu experiencia de Dios,
sin miedo, a tus hijos.

Ellos captan enseguida cuando se les habla de algo importante para ti.
No son tontos. Y preguntan.
Y creo que la lectura de la Palabra de Dios en familia debería ser una
prioridad. Por lo menos, para nosotros lo es.

Y ver qué dice esta o aquella lectura, para tu vida.

Para la vida de cada uno.

Y de camino, ver cómo van los hijos en sus relaciones, unos con otros.

Y escucharles. Y animarles, y corregirles.

Al principio, cuesta un poco buscar el espacio-tiempo, reunirlos a todos.
Crear un ambiente de oración. De escucha.
Después, se convierte en una costumbre. Y creo que a la larga, lo agradecerán.