martes, 12 de mayo de 2009

Santa y meretriz

Recuerdo que cuando se estrenó El Código Da Vinci, un chico joven,
-con el libro de Dan Brown en la mano-, sentado a mi lado en la sala de espera


de un hospital de Madrid, le comentaba a una amiga suya lo siguiente:

"Los libros apócrifos fueron desechados por la Iglesia, porque en ellos se decía
la verdad sobre quién era Jesús... Jesús no murió en la cruz, se casó con María
Magdalena y tuvo una hija... Todo esto lo ha estado ocultando la Iglesia, para
continuar manteniendo su dominio sobre los hombres".

¡Toma del frasco, Carrasco!

La verdad es que tanto Angeles y Demonios, que dentro de poco se estrena en el cine,
como El Código Da Vinci, no merecerían la más mínima consideración, de no ser por
la cantidad de gente que cree a pies juntillas lo que en estos bestsellers se relata.

No quiero abundar en el argumento del Código..., sólo decir que los apócrifos -muchos con contenido gnóstico- surgidos en los primeros siglos del cristianismo (Evangelio de María;
de los Apóstoles; de Nicodemo, evangelio de Tomás... etc) son bastante posteriores en el çtiempo a los cuatro evangelios admitidos por la Iglesia (canónicos), los cuales fueron escritos,
casi con toda seguridad, en la primera mitad del siglo I.

Además, la Iglesia buscó una fiabilidad en lo narrado, por ello separó aquellos escritos
que no eran coincidentes (incoherencias históricas y geográficas), o que habían sido "contaminados" (negación de la encarnación de Cristo -su cuerpo sería sólo "aparente",
pues Cristo era una divinidad) o relatos de milagros extravagantes...
supersticiones, magia.

Nadie niega la curiosidad de los libros apócrifos, pero de eso a tomarlos en serio...


Para concluir, sólo decir que nadie da la vida por una mentira.

Que los que "comieron y bebieron con él", le abandonaron en el momento de la crucifixión,
está claro. Que estaban asustados y muertos de miedo, también.
Sin embargo, algo debió pasar para que -tras la experiencia de Pentecostés-
se reafirmaran en que:
"Ese, al que vosotros habéis crucificado, era el Hijo de Dios.Y está vivo".

Porque prácticamente todos sus discipulos (salvo Juan, que murió ya anciano)
dieron la vida por mantener que Jesús había resucitado de entre los muertos.
"Y nosotros somos testigos", se dice en los Hechos de los apóstoles.

Para mí, que esa fortaleza nos les venía de ellos mismos, sino de Dios.
El Espíritu de Cristo actúa. Existe. Y es el que mantiene la Iglesia, si no fuera así,
ésta no hubiera pervivido a través de los siglos. El Espíritu santo sigue actuando hoy.
Y lo hace en personas concretas, anónimas la mayoría de las veces, está clarísimo.

Yo debo ser un bicho raro, porque lo que me he encontrado dentro de la Iglesia
no ha sido ambición, deseo de poder, argucias desleales....
sino otras cosas, quizás menos estruendosas, pero más reales:
ganas de seguir a Cristo, espíritu de servicio, y mucha, mucha paciencia.

Siempre se ha dicho que la Iglesia es santa y meretriz.
Santa, porque Cristo le da de su Espíritu, y meretriz porque está formada
por hombres y mujeres con pies de barro, muchas veces.

Será verdad. Debe ser verdad. Es verdad.

Pero también digo que gracias a Dios, yo no me he escandalizado
por lo que haya visto, dentro de la Iglesia. Al contrario.

La Iglesia necesita sacerdotes entregados, santos, y humildes,
y de esos conozco a unos cuantos.
También conozco a mucha gente de a pie, que se niega a sí misma, y
toma su cruz, todos los días, con paz.

También los hay "a medio convertir", esos que ponen una vela a Dios y otra al diablo.
Esos que miran al cielo, pero están enfangados en el mundo.
Esos que "en el banco de los burlones, se sientan", como dice el salmo.

También todos éstos necesitan experimentar la misericordia de Dios
(yo he estado así ), porque como dice Cristo, los que me siguen "están en el mundo,
pero no son del mundo". Aunque a veces, nos tira el mundo.

Veo que la Iglesia ha sido, y es, paciente conmigo.
Es muy difícil construir un cristiano.
Creo que es algo que necesita de toda una vida.

Por eso, a veces son los de fuera, los que exigen un determinado comportamiento
a los de dentro, sin darse cuenta de que todos necesitamos ver el amor de Dios, y
experimentar la misericordia y el perdón.
Y esta experiencia sólo se tiene cuando fallas, cuando te caes, y te levantas.

En este sentido, creo que los que miran a la Iglesia desde fuera, son muchas veces
más "moralistas", que los que conformamos el Cuerpo de Cristo resucitado
(qué expresión tan bonita, para hablar de la Iglesia).