miércoles, 12 de noviembre de 2008

Guía para padres


«Elegid lo que es bueno, verdadero y bello. Los padres de familia sois los guardianes de la libertad de vuestros hijos», nos recordaba el Papa en Valencia. Es verdad. A nuestros hijos hemos de darles de comer, leche y miel, formativamente hablando, para que sean, con el tiempo, personas auténticamente libres.


Decía Groucho Marx que la televisión le resultaba muy educativa, porque cuando alguien en su casa la encendía, él se trasladaba a otra habitación y leía un libro. Evidentemente, Groucho debía ser una persona muy culta...


Dejando a un lado lo jocoso de esta forma de concebir la televisión, he de decir que tengo la experiencia, gratificante, y enriquecedora, de haber estado en casa un año entero sin el susodicho aparato.


Fue increíble. Oíamos la radio para estar informados, y los niños jugaron y disfrutaron entre ellos muchísimo más que cuando, doce meses más tarde, decidimos llamar al técnico para que la arreglase. Recuerdo que durante ese año sabático, cuando íbamos de visita a casa de algún familiar, los niños se pegaban literalmente a la pantalla de la tele, alucinados, y no había forma de captar su atención. Tal era la novedad, de ver imágenes a color, en movimiento, normalmente, dibujos animados.


Aparcar la televisión no fue un gran esfuerzo, –series rosas, telenovelas, y películas light constituían el fuerte de la programación televisiva (igual que ahora)– y para nosotros supuso una ganancia en tiempo, y en enriquecimiento de la vida de familia. No se pueden hacer idea, de lo que los niños son capaces de imaginar, de crear, de experimentar...

¿Qué ven?


Con la idea en mente de elaborar este artículo he estado viendo, detenidamente, la programación infantil de las distintas televisiones, y he de decir que salvo honrosas excepciones (Lizzie McGuire, en Antena 3, fines de semana, Disney en la 1, también fines de semana, o Leonart, en La 2, laborables por la tarde), en las series televisivas, sí, aparecen niños o jovencitos, pero no son series pensadas para niños.


Para ilustrar lo que digo, les relato la siguiente escena vista en televisión un día cualquiera (sábado diez de marzo), en horario de superprotección:
Serie La familia salvaje:


En un determinado momento del capítulo, encontramos a una familia, sentada a la mesa el Día de Acción de Gracias, que mantiene la siguiente conversación:
–(...)No hablemos de Madelaine.
–¿Quién es Madelaine?
–No... me prometiste que no hablaríamos de nada de esto.
–Bueno, Madelaine es amiga de la abuela.
–(la abuela) Sólo compartimos el apartamento...
–(un familiar) No... también el dinero y la cama...
Ese mismo sábado, un rato más tarde, en Antena 3, serie Malcom, veo y escucho lo siguiente:
–Una chica joven da un masaje en la pierna a una señora-madre, quien se desmelena de placer, ante el masaje. La chica se aproxima hacia ella, y ella se retira, percatándose de que ocurre algo extraño.


La señora-madre le pregunta si es lesbiana, le dice que si ella la ha provocado de alguna manera, que si se tiene que cambiar el peinado, o qué, para no dar lugar a estas cosas...
En la siguiente escena, el hijo de esta señora aparece desnudo –sólo se ve del torso hacia arriba– en el garaje, ofreciéndole a esta chica su virginidad. Ella le comenta que se vista, que es lesbiana.
Creo que estos dos ejemplos dan idea de lo que nuestros hijos «se tragan» en supuesto horario infantil.


Lamentablemente cada vez hay más niños en nuestra sociedad occidental globalizada, que tienen una infancia reducida a la mínima expresión, enseguida se adultizan, en gran parte influenciados por los mass media. Estos niños absorben lo negativo del mundo de los adultos. Yo me he encontrado con niños así, con mirada aviesa, con procacidades en la mente y en los labios... niños y niñas de diez, doce años... Por ellos, como dice un sacerdote conocido, «se nota que ya ha pasado el mundo».

Dadles lo excelente


Y sin embargo, la Iglesia nos anima a que luchemos por salvaguardar lo más precioso de la infancia: la inocencia.
¿Cómo hacerlo? Según Benedicto XVI, poniendo a los niños delante de lo que es estética y moralmente excelente. Su argumentación no tiene resquicios: Si queremos niños sanos y equilibrados, los padres debemos darles de comer «leche y miel», y dejar a un lado la comida basura. Él lo expresa así: «La belleza es como un espejo de lo divino, inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes, mientras que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos».
Es importante que los padres no despreciemos esta impronta natural de los niños por acoger lo bello, lo verdadero. Se trata de una oportunidad única –cada hijo es único– de formar auténticas personas, libres.


Hoy día los padres cristianos tenemos muchos frentes abiertos, y hay que ser sensatos. Nuestros hijos reciben información «no tutelada», a través de revistas, televisión, Internet, colegio, amistades... no se trata de que vivan en una burbuja al margen de la realidad, pero sí de que les enseñemos a discernir, a discriminar el bien del mal, que dispongan de unas pautas de comportamiento, de unos valores aprendidos en la familia, en la parroquia, en el colegio, si es posible... que les ayuden a defender, en definitiva, su condición de hijos de Dios y herederos de una «vida nueva». Sí, hay que ser valientes. Hay que mostrarles lo que para nosotros es importante, para que ellos también lo valoren, y en los momentos difíciles se agarren a esta esperanza, la de Cristo resucitado. Una realidad que no defrauda.


A los niños hay que darles de comer «leche y miel», como dice la Escritura, y no abrojos y espinos. Sé de una amiga mía que, en su afán por establecer unos valores claros en los que sus hijos pequeños pudieran sustentar su personalidad, compró toda la serie de La casa de la pradera, y capítulo a capítulo, la fue viendo junto a ellos. Es una opción. No digo que haya que hacer esto mismo, cada uno tendrá que emplear sus propias armas.
Sin lugar a dudas, deberíamos proponerles esta máxima recogida en Deus caritas est: «Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita».

Realities en horario infantil


Según el Observatorio de las televisiones –OCTA–, lo que más daño hace actualmente a los pequeños, es la emisión en horario infantil de magazines y realities, «donde los menores se abisman a infidelidades, traiciones, insultos, actitudes sexistas, discriminatorias e intolerantes, lenguaje inadecuado y soez, visión desvergonzada del sexo y violencia, adornado con sensacionalismo y morbo». Corremos el peligro de relativizarlo todo, como está en la calle, hay que aceptarlo, es normal. Sin embargo, estas actitudes y comportamientos socavan el ideal o el proyecto de vida que nos propone la Iglesia.


Por otra parte, es cierto que los adolescentes –qué decir de los más pequeños– lo tienen difícil si quieren encontrar algún programa de tarde que realmente les ayude a madurar como personas. Y sin embargo, el chaval sigue ahí, empapándose de despropósitos tales como las telenovelas –tipo Floricienta– o los programas rosa donde al famosillo de turno se le somete al polígrafo (máquina de la verdad), con preguntas del siguiente tenor: «¿Has recibido dinero por mantener relaciones sexuales?».


La misma Iglesia, anima igualmente a reflexionar sobre su trabajo a los guionistas de los programas televisivos, publicistas, directores, productores, y responsables de los Medios de Comunicación, para que «cumplan las propias responsabilidades sin sensacionalismo, de manera responsable, buscando el bien de la sociedad y un escrupuloso respeto por la verdad».

Revistas para adolescentes


Capítulo aparte merecen las revistas para quinceañeras, donde descaradamente, se trivializan las relaciones sexuales entre menores; lo importante es pasarlo bien, y usar, eso sí, el condón. Aunque lo cierto es que los adolescentes pasan de profilácticos, y así, tras el embarazo no deseado, viene el aborto. O por lo que pudiera ocurrir, la píldora del día después –que es abortiva–.


Nadie en este tipo de revistas, habla de la responsabilidad ante un hipotético embarazo, ni siquiera del sin sentido de entregar tu cuerpo, tu intimidad, a un desconocido en los lavabos de una discoteca. Cuando lo cierto es que de estas relaciones sexuales esporádicas, de fin de semana, lo que sale es una profunda insatisfacción, porque el adolescente es persona, y ha sido creada para amar, no para ser usada como un clínex.


¿Dónde está aquí la responsabilidad de los editores de estas publicaciones? ¿Dónde están los padres cristianos, salvaguardando la dignidad trascendente de sus hijos? Es necesario abrir los ojos a todas estas realidades, y buscar la unión en asociaciones que defiendan al menor de todos estos abusos de poder.

Caramelos envenenados


Recientemente se ha emitido una publicidad por televisión, buenísima. Seguro que muchos de ustedes la han visto. Advierte de los peligros de Internet para los niños y adolescentes. De repente, abre una señora la puerta de su casa, y aparecen, primero, unos tipos fornidos, con los brazos cubiertos de tatuajes, con pantalones de cuero, barba, mal aseados, con toda clase de artilugios (porras, cadenas, bates de béisbol...) y preguntan por el niño de la casa. La madre, solícita, les indica que está arriba, en el ordenador. Y suben.


Vuelven a llamar a la puerta, y aparecen unas prostitutas, vestidas para la ocasión... preguntan también por el chaval, y la madre les indica dónde está. Por tercera vez, la madre atiende la llamada, y esta vez se trata de un señor mayor, de mirada extraviada, que pregunta también por su hijo... igualmente le indica, dónde se encuentra. Al final del anuncio, surge la pregunta: ¿Si a todas estas personas, nunca les franquearías la puerta de tu casa, por qué les permites la entrada, virtualmente?


El anuncio publicitario no puede ser más acertado. Con el nuevo milenio se ha hecho común en las casas del mundo occidental el uso de Internet. Este nuevo foro para la comunicación global es maravilloso, y a la vez, inquietante. Proporciona enormes posibilidades para el bien, y también ciertos peligros, de los que afortunadamente, cada vez los padres, somos más conscientes.

Vivir virtualmente


Continuamente asistimos con asombro a nuevos modos degradantes de usar Internet. En relación con la pederastia infantil a través de la red, últimamente han salido a la luz los llamados «caramelos envenenados», es decir, señuelos (regalan a los chavales alguna DS, consola... etc.) a cambio de fotos (hechas a través del mismo ordenador) en posturas eróticas; captan al menor a través de páginas web, foros, mensajería electrónica... etc.


Por lo demás, Internet redefine radicalmente la relación psicológica de la persona con el tiempo y el espacio. La atención se concentra en lo inmediato, en datos continuos, muchas veces superfluos; y se pierde, en cierta medida, la visión de la propia vida.


Juan Pablo II ya advertía de este peligro, cuando señalaba que a los jóvenes internautas les falta tiempo para la reflexión sobre su presente, pasado y futuro: «Sin serenidad interior para examinar la vida y sus misterios y para llegar gradualmente a un dominio maduro de sí mismos y del mundo que los rodea».


El estar imbuidos en otra realidad, la virtual, durante grandes espacios de tiempo, no deja de ser, una alineación. Es lo mismo que les ocurre a los adolescentes y jóvenes con el uso de los MP3 –y ahora, MP4–: van por la calle escuchando música continuamente, sin dejar tiempo para esa «mirada contemplativa del mundo», necesaria para lograr sabiduría. Autor: Victoria Luque. Publicado en el Cooperador Paulino, 06/05/2007