lunes, 1 de diciembre de 2008

Entrevista a D. Francisco Javier Martínez, actualmente Arzobispo de Granada


Acabo de desempolvar esta entrevista al, entonces,recién nombrado obispo auxiliar de Madrid, D. Javier Martínez. Corría el año 1985.
La publico aquí porque creo que rompe con muchos tópicos respecto a lo que la gente piensa que es un "obispo". También creo que lo que aquí se dice, sigue siendo importante hoy, para todos nosotros. Si me apuráis, incluso hoy es más actual, que entonces.

"El vicio más grande de nuestra generación es la incapacidad de tener esperanza"
"Yo veo nuestro siglo XX como un siglo fundamentalmente trágico"

"La renovación de la Iglesia ha de hacerse con el apoyo de todos, y con la colaboración indispensable de los jóvenes"

"Me da mucho miedo acusar a nuestro mundo, porque si el mundo está mal los cristianos tenemos una responsabilidad muy grande"


"En la historia sucede que, fuera de la cultura cristiana, el hombre no tiene un valor absoluto"


"Su Santidad -Juan Pablo II- es un humanista, un humanista a quien le interesa defender al hombre".


"Es el obispo más joven de España y probablemente de Europa. Mientras le esperaba observé la sobriedad de su vivienda, las casas de las personas con preocupación espiritual suelen ser austeras... llegó corriendo -también al acabar se marcharía con el tiempo justo-, un gran crucifijo en su pecho, traje negro con tirilla blanca y una amplia sonrisa en la boca.

P.: Antes de abordar otros temas, me gustaría conocer algo de su vida, dónde nació, su familia, sus estudios, cómo entró en el seminario...

R.: Nací en el 47, año anodino... en Madrid, mi familia es asturiana toda ella. Tenían mis padres una tiendecita en Argüelles, mi padre era funcionario de la Policia Municipal y realizaba turnos de noche en la Plaza de la Villa; además de esto, por las mañanas trabajaba en Correos. El murió hace dos años.

Entré en el Seminario en 1959, muy pequeño, a la edad de once años, y estudié hasta el 1972 en que me ordené sacerdote.
Realicé mi licenciatura en Teología por la universidad de Comillas, mientras era parroco de un pueblecito de la provincia de Madrid, y despúes, el resto del tiempo lo he dedicado a estudiar; primero como becario del Consejo de Investigaciones Científicas, y más tarde, unos meses en Alemania para aprender alemán, un año en Jerusalén, y posteriormente en Washington seis años.
P.: ¿Qué recuerda usted de su infancia?

R.: Que me encantaba tener amigos, que me escapaba en cuanto podía a las casas de mis amigos y por las noches mi familia tenía que ir buscándome para ver en cual de ellas estaba. Recuerdo también los veranos en Asturias, en el campo, andando por la hierba... corriendo por las presas de los molinos...
P.: ¿Y su vida en el seminario?

R.: Mi estancia en el seminario fue muy grata. Ya a los once años, cuando entré, quería ser sacerdote. Lo que sucede es que a esa edad no sabes lo que ello significa realmente; en la adolescencia, como cualquier chico, me planteé qué sentido quería darle a mi vida, y decidí ser sacerdote libre y conscientemente.

El seminario era algo más que recibir una formación religiosa, era sobre todo un ayudarte a discernir cuál era tu vocación.
P.: ¿Su familia era muy católica? ¿A ello se debió su entrada en el seminario tan joven?

R.: Pues no. Mi madre tiene una fe que yo quisiera para mí, me padre también era cristiano, íbamos a misa los domingos y esas cosas... pero no es una familia en la que ha habido, por ejemplo, sacerdotes que nos visitasen, ni estábamos metidos en parroquia... yo muchas veces me he preguntado porqué entré a los once años en el seminario, y lo único que recuerdo que pudiera haberme animado, era que ese mismo verano conocí a un seminarista que acababa de salirse; yo creo que extrañó a todo el barrio... de pequeñito yo era un niño muy travieso, iba a las misas más cortas...

P.: Al preguntarle que a qué dedica el tiempo libre, dice con cierto aire de resignación en su voz: "no tengo tiempos libres ahora. Ya hace muchos años que no los tengo".
Me gusta todo: "el whisky, esquiar y además todo", como diría la protagonista de una película de Antonioni, llamada La noche.
Me encanta el cine, me gusta mucho leer y el montañismo también.

Renovar la Iglesia

P.: Usted ha tenido un gran contacto con los jóvenes...

R.: Todo el que he podido.

P.: ¿Qué es lo que le atrae de ellos?

R.: Me lo paso muy bien. Tengo muchos amigos, y pienso además que los jóvenes pueden entender algo de la Iglesia que a las personas mayores les resulta más difícil de comprender.

Mira, hasta el Concilio Vaticano II, la Iglesia como pueblo de Dios era un concepto casi perdido. Este concilio ha renovado el hecho de que tenemos que ser Iglesia, todos. Sentirnos integrantes de ella.

P.: ¿Y eso cómo se hace?

R.: Desde la amistad. Los jóvenes tienen una facilidad especial para entender el valor de la amistad. Quizá porque todavía no están quemados por la vida.
P.: ¿La Iglesia apoyada en jóvenes?

R.: Apoyada en todos; renovada por los jóvenes.

P.: Y para ganarse la Iglesia el entusiasmo de éstos, ¿qué ha de hacer?

R.: Vivir su gran realidad, vivir lo que somos, nuestra comunión, nuestra amistad.
P.: Para usted, ¿lo bueno, y lo malo de la juventud?

R.: Voy a ser un poco rousseauniano, en el ser humano me cuesta mucho ver rasgos negativos. Lo que es negativo frecuentemente es la cultura en que vivimos, que nos termina haciendo... malos.
Hay muchos jóvenes de nuestro tiempo muy desgraciados, desgraciados porque nunca se les ha presentado a Jesucristo de verdad, sin discurso, diciéndoles, ven y lo verás. Verlo reflejado en la vida de cada uno de los que se dicen cristianos.
Sé que hay mucho sufrimiento en los jóvenes, por la droga, por miles de cosas... un vacío de alegría inmenso...

P.: ¿Quizás por la falta de ideales, de ilusiones?

Incorporándose hacia delante y dejando caer sus palabras lentamente, meditándolas una a una, respondió:

R.: Por la falta de fe en la vida, por la falta de una razón lo suficientemente grande para vivir.
A mi entender, el vicio más grande de nuestra generación es la incapacidad de tener esperanza.

Yo veo nuestro siglo como fundamentalmente trágico, a pesar de la retórica que se usa del progreso, de los avances... el arte de nuestro tiempo no es un arte esperanzado, cuando se pregunta por el hombre no sabe qué responder.

Nuestro siglo ha visto tragedias inmensas, desde el Stalinismo hasta la eliminación de los judios en la experiencia nazi, o las deportaciones masivas, los problemas con los armenios, las dos guerras mundiales...

P.: Pero...

R:... me da mucho miedo acusar a nuestro mundo, porque si el mundo está mal, los cristianos tenemos una responsabilidad muy grande; nosotros tenemos el secreto de la esperanza, el Señor decía que somos la sal de la tierra...
Si esto es así, si el mundo está agonizando, quizás es porque los cristianos no proponemos de verdad la esperanza, o la proponemos de forma individual, pero no socialmente, como estilo de vida capaz de transformar nuestro entorno.

P.: ¿Y la formación cristiana de los españoles?

R.: Las cosas hay que verlas desde la Historia, y la historia de España está llena de lecciones no aprendidas, quizá porque tendemos a renegar del pasado.

El caso es que nuestro país ha vivido en una cultura confesionalmente católica, y la falta de confrontación con realidades no cristianas ha repercutido en la formación religiosa; los católicos españoles desconocemos muchas veces nuestra tradición, la fe viva de los que nos precedieron.

El hombre como totalidad

P.: Juan Pablo II habla de la familia como núcleo de la fe cristiana, ¿se está perdiendo este concepto de familia?

R.: Yo creo que se está perdiendo el respeto por el hombre y por darle su vocación y su destino humanos, que es justamente realizarse en el amor y en el respeto. Como eso ya no interesa, la familia pierde su significado.

Cuando Juan Pablo II insiste en ello, es, precisamente, porque él es un humanista, un humanista que defiende al Hombre en su totalidad. El hombre libre sólo surge de familias estables, en las que hay amor.

P.: ¿Esta agitación continua en la que nos desenvolvemos, nos perjudica interiormente?

R.: Yo creo que vamos muy deprisa porque vamos huyendo, no porque estamos muy atareados, sino porque nos da miedo el silencio.

Huimos del riesgo de vivir, nos da miedo, insisto, enfrentarnos con nosotros mismos, esto está en consonancia con lo que hablábamos antes de la desvalorización del hombre.
No sé si vivimos así porque todos participamos un poco de esta forma de vida, no sé si somos culpables o víctimas, no lo sé.

P.: El cristiano, como ser social y religioso, se encuentra inmerso en muchos pequeños mundos que giran en torno a él y en los que participa... ¿Cree usted que es posible una separación entre la Iglesia y la política?
R.: Si el sentido de la pregunta viene de que en la Era Moderna española han estado mezcladas... privilegios de los eclesiásticos, no ingerencia del clero en la política de los políticos... totalmente de acuerdo, la Iglesia ha de mantenerse separada de esto.

Pero si por Iglesia se entiende la comunidad cristiana, los creyentes son al tiempo ciudadanos y miembros de la Iglesia, con una responsabilidad política y social; no es concebible que estén ausentes de un proyecto de comunidad humana.

Cuando la Iglesia propone el No al aborto o la defensa de la vida en cualquier circunstancia, está aplicando el evangelio al hombre, y ello es válido para cualquier contexto político, no se trata de una postura política la que adopta.

La Iglesia y la ciencia

P.: Monseñor, la jerarquía eclesiástica no se ha manifestado todavía sobre el tema de la fecundación "in vitro", o sobre la cuestión de las madres de alquiler, ¿qué opinión le merece todo esto?

El silencio se hizo en la sala, encendió un cigarrillo y con franqueza, contestó:

-No tengo información suficiente, la Iglesia tiene que oir lo que dicen los técnicos, la ingeniería genética es complejísima.
Yo recuerdo cuando en USA, en relación con el caso de Baby F., se planteó la cuestión de si era legítimo moralmente hacer un trasplante de corazón de un mono a un ser humano... desde el punto de vista católico eso creaba poco problema si realmente ello permitía a un ser humano vivir.

Pero me dolió que el médico del equipo dijera que "el fracaso o el éxito de un experimento no se puede decidir con una población experimental de uno"; la frase es sintomática: el ser humano no es una población experimental. La vida es algo sagrado desde el principio al fin.

En la medida en que experimentos genéticos puedan ser un riesgo de manipulación del ser humano, cualquier hombre que ame la libertad tendría que tener muchas reservas; por el contrario, en la medida que sirva para hacer más humana la vida humana, la Iglesia no se opondrá.

R.: A mi entender, el aborto es una cuestión ética, el nasciturus tiene unos derechos humanos "per se". ¿No cree usted que se está llegando a una identificación peligrosa entre antiabortista y cristiano?

Sí, pero hay que ser realistas. En la historia sucede que fuera de la cultura cristiana, el hombre no tiene un valor absoluto.
Así, en la antigüedad, no existía ningún reparo en sacrificar personas a los dioses, fuera del ámbito cristiano no había inconveniente en eliminar a los vencidos después de la batalla; en cambio con el cristianismo estas realidades se humanizan.

Yo sé que la repugnancia por quitar la vida a alguien, es algo que está inscrito en el corazón del hombre, pero también sé que son los cristianos lo que tienen más razones para defender la vida.