martes, 9 de diciembre de 2008

La hierba crece de noche




Poco antes de morir, Martín Descalzo me concedió una entrevista para Familia Cristiana, donde entonces yo trabajaba, y una cosa se me quedó grabada de aquel tête a tête:

«La hierba crece de noche», me decía, refiriéndose a cómo él había descubierto que el bien es más poderoso que el mal, aunque en muchas ocasiones permanece oculto y crece casi sin ser percibido.

Es cierto que el bien, muchas veces, es discreto, no busca el aplauso ni el reconocimiento.

Y conviene mirar con ojos nuevos para verlo. Por lo demás, todos tenemos una necesidad innata de buscar lo bueno, lo amable, lo perfecto.

Es decir, todos tenemos la impronta de Dios en nuestro interior.

Dice un sacerdote conocido mío, parafraseando a san Agustín, que el amor de Dios, derramado en nuestros corazones, nos hace amables, es decir, amantes, sensibles a las necesidades de los otros.

Cuando crees que verdaderamente eres importante para Él, todo cambia. Es como esa brisa suave que lo transforma todo, y que hace que cada cosa adquiera la importancia que realmente tiene.

Entonces podemos atender la llamada telefónica inoportuna sin echar un bufido, o ayudar a los hijos en sus deberes sin ponerles mala cara. Entonces, el bien vence al mal.

Sin embargo, en otras ocasiones, cuando ese Espíritu del Señor está de vacaciones -porque lo he apartado de mi día a día-, vienen a mi cabeza las palabras de san Pablo: «Desprecio el bien que quiero, haciendo el mal que no quiero». Es cuando el Maligno gana la partida.

¿O es que alguno piensa que Satanás, el engañador, el mentiroso, el sibilino, no tiene nada que ver con el mal que asola el mundo? ¿No tiene nada que ver con los malos tratos, con los matrimonios rotos, con los asesinatos de hijos a manos de sus progenitores?

Más de uno ahora mismo estará poniéndose las manos en la cabeza. ¡Qué locura! ¡Hablar del diablo en pleno siglo XXI! ¡Retrógrados! ¡Cristianos, a los leones!, como dirían hace unos cuantos siglos.

Pues sí, por causa del Maligno entró la muerte -el pecado- en el mundo, dice la Escritura. Y el combate contra sus argucias ha de ser diario para los que buscan a Dios.

Porque no se presenta a las claras, él usa de la suavidad para embaucar, y eso lo sabemos muy bien los que alguna vez hemos experimentado su zarpazo. No estoy loca.

Precisamente porque nuestro Padre Dios respeta profundamente la libertad del hombre, el llamado diablo o Satanás sigue acampando entre nosotros.

Menos mal que tenemos al Cristo, al Hijo de Dios vivo, que es testigo fiel, y nos salva. Publicado en Alfa y Omega.