viernes, 5 de diciembre de 2008

Gracias, Gracias, Gracias


Hoy tengo que darte Gracias, Padre.

No lo hago a menudo, mejor dicho, no lo hago casi nunca.

Pero me veo en la necesidad imperiosa de decirte Gracias.

Gracias porque has sido fiel conmigo, incluso cuando yo andaba despistada, tras los Baales, a los que daba culto.

Otros dioses, a los que pedía la Vida que sólo Tú sabes dar.

Andaba buscando el prestigio, el reconocimiento de los demás... el amor... esclava –sin yo saberlo- de los afectos, pidiendo a gritos que me quisieran.

Matándome en los estudios... sin ser Señor de mi propia historia.


Me acuerdo de mis devaneos con el marxismo,

o cuando pensé orientar mi vida en pos de alguna religión oriental…

porque no te encontraba, no te veía por ningún sitio. Andaba perdida.

Sin embargo, Tú estabas ahí. Esperándome. Es verdad que tú eres el dueño del tiempo, y te manifiestas cuando te parece oportuno.

Es verdad que respetas, enormemente, la libertad de cada hombre/mujer.

Recuerdo lo vacía que estaba durante la carrera, en la Facultad. Cómo acribillaban a la Iglesia, y cómo todo aquello me hacía mella.

Llegué a perder la fe. Pero Tú seguías ahí, esperándome.


Recuerdo las tardes sentada en el último banco de la Iglesia. Sin saber qué hacía allí.

Sola. Con una gran soledad interior. Buscándote, sin yo saberlo.

Preguntándome porqué se arrodillaban, “qué tontería, -decía yo-. Se postran porque no son libres”.


Cuántos errores que tú has ido deshaciendo uno a uno.

Ahora lo veo, la verdadera libertad está en adorarte. En amarte.


Te valiste de mi madre (qué no harán las madres por los hijos…). Ella casi me obligó a entrar en Legión de María.

No entendía nada. Después lo entendí todo.

Descubrí que me amas, que siempre me has amado. Gracias. Gracias. Gracias.


Pero todavía me quedaba mucho por recorrer.Me diste un novio.

Yo quería formar una familia cristiana. El noviazgo no fue fácil.

Entré en la muerte durante un tiempo, en esa muerte interior que se experimenta cuando uno hace lo que quiere, pero no lo que Tú quieres.


No me atrevía a acercarme a la eucaristía, me sentía sucia. Así estuve muchos meses.

Pero tú tuviste misericordia, la que siempre tienes con cada uno de nosotros.

Por fin, casi me llevaste en volandas al confesionario, y allí, entre lágrimas, experimenté tu perdón,

tu paz, y la alegría del hijo pródigo. ¡Casi nada!


Intentamos vivir el noviazgo de cara a ti. Buscándote. Tuvimos alguna recaida, pero nos levantamos.

Tú me preservaste. Te doy Gracias. Gracias. Gracias.


Nos casamos. Pero no comimos perdices. Estuvimos un tiempo yendo a un grupo de matrimonios, donde compartíamos vivencias, escuchábamos tu Palabra…

ahí sentí verdadera hambre de Tí. ¡Te necesitaba tanto!

Pero aquellas reuniones eran muy de tarde en tarde, y el grupo acabó deshaciéndose.


Otra vez el frío. El desierto. Porque sin Ti la vida se convierte en un erial.

Ya teníamos cuatro hijos, y la vida se me hacía muy cuesta arriba.

Recuerdo que no podía cantar. No podía rezar. Lloraba sin saber porqué.

No sabía por qué vivía, por qué trabajaba, por qué cuidaba a mis hijos.

Me faltaba la razón última. O primera. Que eras Tú.


Sólo hallaba consuelo cuando iba a misa.

Era lo único que me daba esperanza. La que yo había perdido.


Entonces te manifestaste de nuevo.

Vi la alegría que das a los tuyos. Y la quise para mí.

Entramos en el Camino Neocatecumenal. Casi obligué a José Manuel.

Le dije: “Lo necesito muchísimo. Si no vamos, me habrás defraudado profundamente”.

Gracias. Gracias. Gracias.


Y ahí comenzó un camino de bajada, bajada… me di cuenta de mis debilidades, me escandalizaba de ellas.

Yo que me creía tan perfecta, tan buena, tan justa…

Tú permitiste que me quedara en casa, sin trabajar, para encontrarme contigo en el silencio de la oración.

Para deshacerme –a duras penas- de la vanidad, del ego… que los tengo tan a flor de piel…

Me sentí muy querida por Tí. Te conocí y te amé.


Me revelaste cosas que yo había tapado tanto, que ni yo misma sabía que estaban ahí.

Descubrí el sufrimiento tremendo que tenía por no amar a mi marido como yo hubiera deseado.


El enamoramiento me duró muy poco, y ya no estaba enamorada.

Aquello me hacía sufrir muchísimo.

Este descubrimiento, que fue muy doloroso, ha sido el principio de una verdadera historia de amor.

La que tú estás haciendo con nosotros y entre nosotros.

Has edificado la casa sobre roca, y los vientos y las tempestades no han podido con ella.


Ahora te alabo y te doy gracias por que haces las cosas bien, maravillosamente bien.

He descubierto que el amor verdadero pasa por la entrega sin condiciones.

Me has enseñado que el amor es un acto de la voluntad,

que hay que “querer querer”, y eso intento.


También he visto –porque has quitado la venda de mis ojos-

que yo no soy mejor, ni muchísimo menos, que mi marido.

Que él es un pobre hombre y yo soy una pobre mujer. A los que amas tanto, tanto…


Ahora veo –o intento ver- a Jose Manuel con tus ojos. Y caramba, ¡qué cambio de perspectiva!

También te quiero dar gracias porque me admiro de Tí.

Has sostenido a mi marido durante tantos años…

le has dado la gracia suficiente, y abundante, para no mandarme a hacer gárgaras…

me admiro de que me quiera, de que me ame habiéndole yo rechazado, humillado,

hecho de menos delante de los niños… tantas, y tantísimas veces.


Gracias, Señor, porque verdaderamente has estado sosteniendo

nuestro matrimonio todos estos años.


También te doy gracias, y la boca habla de lo que rebosa el corazón,

por habernos dado el vino nuevo, ese vino agradable al paladar, dulce, intenso, que tanto necesitábamos.


Gracias por darnos de ese vino que diste en Caná, al final del banquete de novios,

cuando ya los comensales estaban casi saciados.

Nos estás llenando la copa de ese vino nuevo.

Y de verdad, que es con mucho, lo mejor.

Gracias, gracias, gracias.