viernes, 10 de abril de 2009

Ante quien se vuelve el rostro


No hay en El parecer

no hay hermosura

que atraiga las miradas,

no hay en él belleza que agrade.


Despreciado, desecho de los hombres,

varón de dolores,

conocedor de todos los quebrantos.

Ante quien se vuelve el rostro.

Menospreciado,

estimado en nada.

Pero fue El, el que cargó con los pecados

Pero fue El, el que cargó con los dolores.

Todos nosotros andábamos errantes.

Maltratado, mas El, se sometió.

No abrió la boca.

Como cordero llevado al matadero. (Isaías 53, 2ss)



Esta profecía de Isaías me conmueve. Ayer vimos en casa La Pasión, la ponían
en Antena 3 TV, y la verdad es que es impresionante.

MOLIDO POR NUESTRAS CULPAS.

Nazareth decía: "¿Pero porqué tenía que sufrir tanto...
no podía salvarnos de otra forma?

Y José, nuestro hijo mayor, le contestó:

"Tenía que ser así. Estaba escrito. Ha llevado en su cuerpo el dolor,
la muerte de toda la humanidad... gracias a El tenemos Vida de la de verdad".

Yo intenté explicarlo un poco más: "Ha muerto por ti y por mí. Por todo lo que
hemos hecho malo, y por todo lo que haremos...".




El misterio de la cruz es tan impresionante,
que sólo cabe aceptarlo en silencio.

Porque el punto de todo esto, es que yo como cristiana,
una vez reconocida cuál es mi cruz (aquello que me supera, aquello que me quitaría
de encima si pudiese... aquello que me hace sufrir...),
he de aceptarla, mejor, abrazarla.

Porque esta cruz es la que me llevará a la Gloria.

Mi cruz me lleva a experimentar el amor de Dios.



Mi cruz muchas veces es mi marido. Que no es como yo quiero, o que no actúa
como yo quisiera...




Otras veces mi marido deja patentes mis pecados.



Es decir, él me conoce tanto que me dice cómo soy en realidad. Y esto duele.

También yo veo sus debilidades, y me gustaría cambiarle.

Pero... José Manuel está conmigo para mi conversión. Y yo para la suya.


Somos dos en una sola carne.


A veces me doy cuenta, y otras no. Pero cuando lo hago, cuando veo que sus
debilidades son una oportunidad de abrazar la cruz, entonces
eso que "me mata", se vuelve "glorioso".


Puedo andar por encima de las aguas de la muerte, y amarle.
En su pecado.



Igual que hizo Cristo conmigo. Me amó y me ama, en mis debilidades.




Estos dias que hemos estado rezando el triduo pascual
(una verdadera joya de la Iglesia),
hubo una lectura en que se decía que los sacerdotes hebreos sacrificaban
en el santuario animales, con los que imploraban el perdón de Dios por las
infidelidades del pueblo.

Ahora, hoy -señala este Padre de la Iglesia- es el mismo Cristo Jesús,
el sacerdote eterno, la víctima y el templo (su propio cuerpo),
quien se ofrece voluntariamente para regenerarnos como Hijos, ante Dios Padre.


¡Casi nada!



¿Y qué tengo que hacer yo?



Aceptar el regalo. Ni más, ni menos.



Dejarme alimentar por el cuerpo y la sangre de Cristo...
real y verdaderamente presente en el pan y el vino
consagrados en la Eucaristía.



Excusadme si me alargo, pero es que este texto viene al hilo, y me ha gustado mucho,
os lo transcribo por si a alguien le ayuda:

"¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras
que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras.

Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año; tomad su sangre y rociad
las dos jambas y el dintel de la casa.

"¿Qué dice Moisés? La sangre de un cordero irracional,
¿puede salvar a los hombres dotados de razón?"

"Sin duda -responde Moisés-: No porque se trate de sangre,
sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor".


Si hoy pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve
brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo,
la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos (...)"
S.Juan Crisóstomo.

La verdad es que es asombroso la riqueza que encierran las Escrituras.
Y es asombroso cómo la Iglesia ha conservado este legado.