viernes, 24 de abril de 2009

La carta de los misioneros




Una mañana lluviosa, al volver del colegio, mamá encuentra en el buzón del ordenador, un correo electrónico de los misioneros italianos que viven en China. Extrañada, abre el mensaje y lee:


“Queridos Andrés, Isabel, y niños:

No os inquietéis. Os escribimos estas palabras para deciros, en primer lugar, que estamos bien, trabajando mucho, como de costumbre. Los niños, un tanto nerviosos porque llevan varios días sin poder ir al colegio a causa de las inundaciones que han sacudido esta zona, y nos impiden desplazarnos con normalidad.

En parte, el motivo de esta carta está ligado a este suceso: Mirad, debido a la catástrofe natural que hemos padecido, dos hermanos, un niño y una niña, han perdido a sus padres. Tienen 9 y 7 años respectivamente, y se llaman Lao Ming Se, y Tao Ming Se; no tenían ninguna otra familia, así que se encuentran desamparados.

De momento, viven con nosotros, pero nos gustaría que pudiesen hallar una familia española que los acogiese como hijos propios. El departamento de Asuntos Sociales chino, está de acuerdo. Confiamos en que vosotros busquéis la familia adecuada para estos niños. La necesitan. Mantenednos informados. Recibid la Paz del Señor. Ciao.

Fino y Tina.”

Isabel, la mamá de los siete, se ha quedado pensativa. A la hora de comer, habla con su marido y le enseña la carta. Ambos deciden no decir nada, de momento, a los niños; consultarán a las familias que conocen, y quizás, alguna de ellas pueda adoptar a estos dos niños chinos.

A mamá esta situación la tiene tensa. Pasan los días y ninguno de sus conocidos se siente empujado a dar ese paso. Tras dos semanas de espera, los padres de los siete deciden hablar con sus hijos.

LOS NIÑOS DICEN SÍ

Papa y mamá leen de nuevo la carta de los misioneros. Y después dicen:

--Niños, ya sabéis que Jesús escucha con el oído abierto las oraciones de los más pequeños. Os pedimos que, por la noche, cuando recéis, le pidáis al Señor que nos diga si debemos adoptar nosotros a estos dos niños, que lo están pasando tan mal. Vosotros habéis aprendido a ser generosos, quizás ahora haya llegado el momento de serlo una vez más.

A José y Miguel se les encoge el corazón. Ven a sus padres muy serios, como sucede cuando hay que decidir sobre algo importante. Por la noche, se reúnen todos en el dormitorio de los varones, y Miguel, después del padrenuestro y las ave marías, pide así:

-Te pedimos Señor, que nos digas qué debemos hacer con esos dos niños chinos.

Si tenemos que ser sus hermanos o no. Te pido por los leprosos, por los accidentes de tráfico, por los que sufren, por los niños que lo están pasando mal, y te pido que nos aumentes la fe.

Después, casi sin hacer ruido, cosa extrañísima, cada cual vuelve a su habitación.

Durante la cena del día siguiente, ocurre algo decisivo. Están todos a la mesa, cuando de pronto, salen en la televisión unas imágenes demoledoras: las de un orfanato de China.

--Papá, esos niños están muy delgados, dice José.

--Y mira qué mirada tienen, señala Cristina. Parece que están muy tristes. Eso es porque nadie los quiere.

--Cómo me gustaría poder dejarles mis juguetes, dice Miguel, en un susurro.

Aquella era la señal que estaban esperando. El papá de los siete, levantándose de la mesa, y dirigiéndose al ordenador, dice:

--Chicos, está decidido. Vamos a por esos dos niños. Voy a escribir a Fino y Tina ahora mismo.

EL PROFESOR DE CHINO

María y Miguel están muy contentos. De camino, buscarán al conejito blanco. Con un poco de suerte, volverán a casa con dos hermanos más y un conejo. Porque los niños también viajan a China. Papá y mamá así lo han decidido. Irán todos a buscar a Lao y Tao.

Mamá ya ha empezado a gestionar los pasaportes de los niños y los adultos, también tendrán que vacunarse de algunas enfermedades no usuales en España, y hay que buscar un profesor de chino, pues pasarán varios meses en ese país hasta que traigan de vuelta a Lao y Tao.

Mamá ha salido a comprar algunas cosas para la casa, y de repente, se le ilumina la cara: --¡Las tiendas de “Todo a cien” están regentadas por chinos!; quizás alguno quiera darnos unas clases.

Y así fue. Ah Chu, siempre sonriente, se presenta en el domicilio de los siete el lunes siguiente, a las seis de la tarde. Es un hombre joven, muy ceremonioso, los niños le miran con curiosidad.

--Puesss no es amarillo, dice Teresa, que hasta ahora no se había fijado en ningún chino de los de por aquí.

--No sé si este señor nos enseñará chino, comenta José, pero seguro que con él acabamos con dolor de espalda.

Y es cierto. En cuestión de veinte minutos el susodicho profesor ha flexionado su cuerpo otras tantas veces. Menos mal que mamá, con gran sentido de la oportunidad, le ofrece una silla. Todos se acomodan alrededor de la gran mesa del salón.

--Empecemos, dice Ah Chu.

“Hola, Cómo estás”, se dice “Ala, dal me tong man no”.

Y si quieres preguntar: ¿cuál es su nombre?, dirás :

“¿O ie, col mon te llalmas?”.

Los niños no paran de reír. Allí no hay quien aprenda nada. Así que, sensatamente, se decide que primero aprenderán papá y mamá, y más adelante, los niños mayores. Los pequeños seguirán analfabetos, de momento.

El profesor chino ha visitado la casa de los siete durante tres meses, pues no es tan fácil organizar un viaje a China con toda la familia. En este tiempo, Ah Chu toma confianza, y pide a Andrés e Isabel un pequeño favor: Que incorporen a su equipaje un paquete de viandas para su madre y sus hermanos, que residen a escasos kilómetros de Pekín. Ellos acceden gustosos. Y Ah Chu trae a casa un enorme paquetón.

--Sólo son algunas cosillas, dice. Diez tabletas de chocolate. Diez latas de leche en polvo. Cinco chorizos de Cantimpalo, un jamón ibérico y dos quesos de El Gran Capitán.

Y hablando de comida, José ha tenido que hacer un primer sacrificio: Comer arroz cada cuatro días. El mayor de los siete odia el arroz, tanto es así que, en el cuaderno del colegio, donde se pregunta si es alérgico a algo, él ha escrito, decidido: “Soy alérgico al arroz”.

Su madre, sabiendo su aversión a este cereal, le dice:

--Tendrás que acostumbrarte a comer arroz antes de irnos a China. Si no, te vas a morir de hambre.

Al final, a escasos días de la partida, casi le gustan esos diminutos granitos blancos.

DESAPARECEN COSAS

Para realizar el viaje, Andrés, el papá de los siete, ha pedido una excedencia en su trabajo. Ello significa que durante los tres meses siguientes a su partida, Andrés no trabajará como médico en un hospital, y tampoco cobrará su sueldo. Su mujer, Isabel, es enfermera, pero no ejerce su profesión desde que tuvo a Cristina.

--Cariño, tenemos un problema. Si dejo de recibir mi sueldo mensual, ¿con qué dinero pagaremos el viaje de ida y vuelta, y cómo

viviremos esos tres meses en China?

--No te preocupes, le dice ella. Todo se solucionará. De momento, ¿Qué te parece si vendemos la tele, el vídeo y el equipo de música? Lao y Tao son más importantes.

Y así lo han hecho. Por el lote les han dado cien euros, una e

stafa, pero necesitan el dinero. Cuando los niños vuelven del colegio, se miran unos a otros y preguntan por la tele. María, los lleva a todos a su cuarto, y suelta la “bomba”:


--¡La hemos vendido! Necesitamos dinero para hacer el viaje. Yo oí a papá y mamá cuando estaba detrás de la puerta, viendo un poquito de la peli de mayores. También hemos vendido el vídeo y la música.

Para los niños aquello es muy fuerte. Ya no podrán ver la serie de Superman de por las tardes, ni los concursos de preguntas y respuestas, ni los resúmenes de fútbol (eso José y Miguel), ni por supuesto, los dibujos animados y pelis de vídeo.

El mundo se les cae encima. Empiezan a protestar enérgicamente.

José y Miguel han ido a hablar con su padre.

--Papá, ¿Tan mal estamos de dinero? Qué vamos a h

acer sin tele, nos aburriremos como ostras.

--Chicos, vuestros nuevos hermanos son más importantes. Además, en esta casa es imposible que alguien se aburra. Ya quisiera yo aburrirme de vez en cuando, pero no puedo. Y sí, nos hace falta dinero, bastante dinero.

CÓMO CONSEGUIR DINERO

José, desde ese momento, no puede concentrarse e

n los deberes. No hace más que pensar en cómo ayudar a sus padres. Por la noche, antes de acostarse, convoca a todos sus hermanos en su cuarto, y les dice:

--Tenemos que hacer algo. Hay que buscar “nuevas vías de financiación”, bueno, que hay que conseguir dinero, quiero decir. ¿Se os ocurre alguna cosa?

Cristina, que tiene dotes de futura empresaria, fijando los o

jos en el techo, de donde parece le viene la inspiración, comenta:


Podemos hacer sandwiches en casa, y venderlos en el cole a la hora del recreo. Los vendemos a un euro, y nos forramos. Hay muchos

niños que no se traen merienda, y a las doce se mueren de hambre.

--Vale. Los podemos hacer entre todos, y cada día se encarga uno de venderlos, señala José, que se ha convertido en el jefe del grupo.

--Si alguien viene conmigo, y escribe los carteles, claro, yo puedo sacar a hacer pis y caca a los perros de la urbanización. Les cobramos a los dueños y ya está, dice María, quien siempre ha querido tener un perro.

--Genial, grita Miguel. Yo voy contigo. Pero la mierda la recoges tú, ¿eh?.

Este tema crea un cierto guirigay, pero al final deciden que la recogida de excrementos se hará por turno riguroso. El cartel lo redactará Miguel, en el

ordenador, para eso ha dado clases de Informática en el c

ole, y será de la siguiente guisa:

“Paseamos a superro por la urbanización. Ya no tendrá que recoger sus cacas ni mancharse con

sus pises. Dos euros por paseo. Servicio a domicilio. Teléfono: 91- 354 42 85

. Preguntar porMiguel”.


--Se me está ocurriendo, añade José con aire importante- que podríamos escribir al programa “Los pequesabios”, y participar en el concurso. No tenemos nada que perder. Y a lo mejor ganamos. Creo que podemos ir Miguel y yo, porque es por parejas, y las niñas todavía sois pequeñas.

Por último, acuerdan unánimemente que el dinero conseguido será para el viaje, y que nadie requisará ninguna moneda. Eso lo pro

meten solemnemente, porque saben que las tentaciones están a la vuelta de la esquina.

LOS NIÑOS EN ACCIÓN

La idea de los sandwiches funciona bastante bien. Cada día reúnen unos seis euros, así que el primer mes logran ¡120 euros!. Para ellos, toda una fortuna.

Sólo ha surgido un pequeño contratiempo, y fue el primer día de venta de emparedados, cuando la directora del colegio, la Hermana Concepción, preguntó a Cristina que qué hacía en el patio, con tantos niños alrededor de ella.

Cristina, sonriendo, y mostrándole los sandwiches, le dijo con mucha gracia:

“Estoy dando de comer al hambriento, hermana.

A un euro el sandwich”.

A continuación le explicó que se iban a China a recoger a sus dos nuevos hermanos, y que necesitaban dinero para el viaje. La hermana Concepción, para regocijo de

la niña, decidió participar en esta noble causa, y compró los diez últimos emparedados que quedaban en la mochila. Ese día consiguieron quince euros. Todo un éxito comercial.

Por otra parte, el paseo de los canes no estaba siendo tan divertido como parecía en un principio. Había veces en que ni Miguel, ni por supuesto María, podían controlar al chucho. Cuando se trataba de un perro fuerte , éste hacía de las suyas, sin ningún problema.

Entonces era el perro el que llevaba a los niños de paseo. En esos casos, la caca se desparramaba por to

da la calle; mientras Miguel trataba a duras penas de dominar al animal descabritado, María recogía, haciendo mil muecas de asco, los excrementos en una bolsa.

--Una y no más, santo Tomás, dice Miguel. A este chucho no lo volvemos a sacar. Que lo saque su dueño, si quiere.


Con el asunto de los perros, los niños han conseguido otros cien euros mensuales. Todo va viento en popa. Papá y mamá están asombrados. Sus hijos han demostrado ser, además de autosuficientes, extremadamente generosos.

Cuento: Los siete viajan a China (II). Autor: Victoria Luque