domingo, 26 de abril de 2009

El concurso de la tele




--Por favor. ¿Es usted la madre de José y Miguel Poveda? Pregunta una voz femenina, al descolgar la mamá de los siete el teléfono.

-Sí. Dígame.

-Llamo del programa “Los pequesabios”. Sus hijos nos han escrito para concursar con nosotros. Nos gustaría que viniesen a la grabación el próximo martes, a las cinco de la tarde. El programa se emite en directo. Los padres están invitados a presenciar el concurso en el plató. Por supuesto, pueden venir con más familiares, si lo desean.

Tras anotar la dirección, Isabel se sienta en una silla. No puede creerlo. Sus hijos han llamado a un programa concurso.

Llegan pronto a los estudios de Torre España, todavía falta una hora para que comience la emisión. José y Miguel tienen cara de circunstancias. Están muertos de miedo, pero ilusionados.

--No os precipitéis. Pensad antes de responder. No tengáis miedo, les dice su padre.

--No es miedo, papá; es pánico, replica Miguel, mientras una maquilladora le retoca los pómulos de la cara con una esponja.

El presentador, calvito y con gafas, se llama Constantino Romero. Parece simpático. De pronto, se oye un golpe seco, y una cámara de televisión cae al suelo. Victorita y Teresa la han empujado jugando, “sin querer”.

A mamá, en un segundo, la cara le cambia de color varias veces, del rojo pasa al amarillo, y luego se queda blanca. Pide disculpas, y coge a las niñas de tal forma, que ni unas tenazas gigantes habrían podido separarla de ellas.

Empieza la emisión del programa . La directora del colegio ha colocado una pantalla gigante en medio del patio del cole y muchos padres, madres, y alumnos se han acercado para ver a José y Miguel Poveda, “tamaño gigante”. Todos los animan voz en grito, aunque ellos, claro está, no escuchan nada de esto.

--¿Qué tal, chavales? Dice el presentador. Ya sabéis las reglas del juego, sólo puede contestar uno de cada pareja, si falláis, la pregunta irá, de rebote, al equipo contrario. Son cinco preguntas. Si las acertáis todas, directamente ganáis los mil euros. Si no, cada pregunta acertada son 100 euros, si las falláis todas, os vais a casa con una experiencia más. Y punto.

A ver, el equipo A está formado por José y Miguel, son hermanos, de Madrid. Estudian 5º y 4º de Primaria en el colegio Sagrado Corazón de Jesús; y el

equipo B, formado por Felipe y Blas, amigos, y estudiantes de 5º de Primaria en el colegio Asunción Rincón, de Málaga. Bienvenidos todos.

LAS PREGUNTAS

--Ahora, decidme por 100 euros, ¿Cuál es la capital de Albania?

--Tirana, contesta Miguel.

--Muy bien. Enhorabuena. Respuesta acertada. Segunda pregunta: ¿Quién venció en la batalla de Lepanto a los turcos?

--Don Juan de Austria, responde José.

--Efectivamente. Creo que estos concursantes van a ser excepcionales. Vamos a ver, tercera pregunta: ¿Quién exploró la costa de África hasta el Senegal?

Aquí Miguel mira a José, y José mira a Miguel. No lo saben. En un intento desesperado, Miguel contesta: Juan Sebastián Elcano.

--No. Rebote.

Los otros dos niños también salen por peteneras:

--Magallanes.

-¡No, qué lástima! Se trata de Enrique el Navegante. Habéis perdido la oportunidad, equipo A, de ganar los mil euros. Ahora lleváis 200 euros, pero decidme, qué pensáis hacer con el dinero que consigáis.

--Es para pagar el viaje y la estancia en China de toda la familia, dice Miguel. Y mirando fijamente al presentador y con la inocencia en los ojos, sigue diciendo: Vamos a traer a nuestra casa a dos niños chinos que serán ya nuestros

hermanos para siempre. Se llaman Lao y Tao. Nosotros somos siete y dentro de poco seremos nueve.

El presentador no da crédito a lo que oye.

--Estupendo, chicos. Pues a ver si lográis llevaros otros cien euros más, por lo menos. Decidme, ¿Qué hay dentro de la Luna?

Los niños se quedan pensativos. ¿Qué tendrá dentro la luna?

Realmente, es una pregunta de lo más rarita. Casi en el último segundo de tiempo, a José le toca un ángel:

--Pues qué va a haber, pues tierra rocosa.

--Increíble. Efectivamente. Un manto de roca sólida. Por último, decidme: ¿Quién es el autor del Lazarillo de Tormes?

José contesta sin pensarlo dos veces:

--Ni idea.

--Noooo. El autor es anónimo. Ésta pregunta la habéis fallado.

--No, yo quería decir –dice José- que nadie tiene ni idea de quien es el autor.

Constantino Romero consulta con el director del programa, pero no hay nada que hacer:

--Lo siento, chicos, no se os puede dar por válida. Habéis ganado 300 euros; no está nada mal.

José y Miguel se van apesadumbrados. A José se le oye murmurar: “Pero si yo la sabía, si lo he dicho bien. Lo he dicho bien...”

LOS ABUELOS SEVILLANOS

El abuelo Juan y la abuela Isabel han venido de Sevilla, a escasos días de haberse celebrado el concurso. Quieren consolar a sus nietos por la “derrota”,

además de pasar las navidades con ellos. Ya saben que en enero viajarán a China, y que, durante varios meses, estarán a miles de kilómetros de España.

--Abuela, ¿Y las chuchessss?, dicen Victorita y Teresa nada más cruzar su abuela el umbral de la puerta.

--Pero bueno, ¿Ni un beso siquiera?, venid aquí, pandilla de desagradecidas. Dadme un beso muy fuerte.

Las cuatro niñas se apresuran a cumplir el mandato, mientras los niños se abalanzan –literalmente- sobre el abuelo Juan quien, sacando su mano del bolsillo del abrigo, les enseña una bolsa repleta de golosinas.

--Vosotros tenéis una bebé, dice el abuelo cuando, ya sentados en el comedor, los niños se atiborran de gominolas. Pero, ¿A que no sabéis cuántos bebés tengo yo?

Aquello tiene pinta de acertijo, así que los niños empiezan a maquinar... “qué será, será”...

Que ellos sepan, el abuelo y la abuela ya no tienen bebés. Tienen once nietos, eso sí, pero no bebés. La cabeza de la abuela está repleta de canas, y las mamás de bebés no tienen canas. Además, nunca les han visto con cochecito de bebé, ni cambiando pañales, ni dando biberones a ningún niño extraño.

--Canta el patito Fun, abuela -dice Victorita, que no participa en la conversación.

--Estaba el patito Fu, comiendo, comiendo arroz, el plato estaba caliente y el patito se quemó.... canta la abuela Isabel.

--La culpa la tengo yo, la culpa la tengo yo... grita Victorita, desgañitándose mientras sigue el ritmo de la canción con su pie.

--La culpa la tienessss tú, la culpa la tengo, yo, la culpa es del patito por no usar el tenedor... termina Teresa, que no pierde nunca comba, en esto del cante.

--Y ahora el elefante, prorrumpe Victorita, dando palmadas y a voz en grito, canta: Un elefante, se bla lan ceaba por la tela de una araña, como veía que no se caía....la culpa la tengo yo, la culpa la tengo yo, por no usar el tenedor...

Todos ríen la ocurrencia de la pequeña destronada mientras el abuelo continúa con su historia:

--Bueno, chicos, pues tengo 1576 naranjitos, 1576 arbolitos recién nacidos, a los que tengo que cuidar como si fueran bebés; les doy agua, los podo, les echo abono...

¡Ah, ahora comprendían! El abuelo se había metido a agricultor. Ya lo vieron en el campo, durante las vacaciones, con su sombrero de paja y su tractor último modelo. Antes de jubilarse el abuelo fue militar, incluso tocaba en una banda de música y acompañaba a los pasos sevillanos en las procesiones de Semana Santa. Tocando el tambor era el mejor, hacía unos redobles alucinantes –

según decían su mujer y sus hijos mayores-; en el escalafón alcanzó el grado de capitán, y una vez jubilado, se dedicó a vender joyas por las casas, también organizó una residencia para ancianos y unos salones para comuniones. Su última afición era mimar la tierra, para obtener de ella el máximo fruto posible.

--Con lo tranquilos que podríamos estar paseando, leyendo, visitando museos... se quejaba la abuela, y en vez de eso, tu padre –le decía a la mamá de los siete- no hace más que inventar cosas. Se levanta al rayar el alba para regar los naranjos, come en cualquier bar, y vuelve de noche por esos caminos intransitables...

Isabel, la abuela, a pesar de sus 64 años tiene un espíritu joven, si bebe una copita de licor es capaz hasta de bailar unas sevillanas y recitar aquel poema que dice:

Dos borrachos de Triana

andando penosamente

pasan el clásico puente,

a las seis de la mañana.

Sin hacer caso del frío

que sus semblantes altera

y llevando una jumera

de padre y muy señor mío...


La abuela vive en Sevilla, pero su corazón está en Madrid, donde se han quedado todos sus hijos, excepto el más pequeño (Jorge, o tío Pi).

--Cómo me gustaría poder ayudarte más -le dice a su hija- yo, tan lejos, aprendiendo francés, dando clases de peluquería, y de sevillanas... y tú, aquí, con los siete, corriendo de un lado para otro.

--Sí, mamá; pero mejor así. Si estuvieras aquí, dice Isabel hija, no tendrías vida propia. Estaría todo el día pidiéndote favores.

DESDE BELÉN SE OYEN

LOS CABALLOS AL GALOPE...

Aquella noche nevó en Madrid. Y a la mañana siguiente, cuando los niños se asomaron a la ventana, lo vieron todo blanco, blanco.

Nerviosos, quieren salir imperiosamente a la calle, a tirar bolas de nieve. Nunca en su corta vida han visto los coches embadurnados de blanco, ni los tejados, ni los árboles. Nunca antes han tocado la nieve, ni han probado a qué sabe. Para ellos es una experiencia única...

Pero tienen que ir a comprarse unos abrigos, y a mamá le cuesta horrores sacarlos de la batalla campal organizada a la puerta de casa. Cuando regresan, modelan un muñeco grande, con zanahoria incluida, en mitad del patio.

--Chicos, vamos a pedir el aguinaldo, dice entusiasmada, Cristina. ¡Nos vestimos cada uno de algún personaje del Belén y cantamos villancicos por los portales!

A Cristina le gusta mucho disfrazarse, le gusta pintarse los labios y los ojos, también ponerse tacones. Ha llegado a tener el pelo casi hasta la cintura, y cuando su madre se lo cortó, se hizo una trenza con él, que, de vez en cuando, se la pone para ir al colegio. ¡Está arrebatadora!

--Yo de san José, que tengo una barba negra en la caja de disfraces, dice Miguel.

--Yo de Rey Mago, añade José, que ya le ha echado el ojo a un gorro de terciopelo, que guarda su madre en el armario.

--Yo seré una pastora, y tú, María, puedes vestirte de Virgen, concluye Cristina.

--¿Y yo?, ¿Y Yo?, pregunta Teresa, medio llorando.

--Tú serás un angelito, aunque no tenemos alas que ponerte... bueno, no importa. Los ángeles de verdad no llevan alas, dice José. Y Victorita hará de niño Jesús.

--¿Desnuda, con el frío que hace?, inquiere Cristina, siempre tan previsora.

--Bueno, le pondremos ropa, ya buscaremos algo que no desentone mucho. Y la meteremos en una caja de cartón. Así será más real, concluye José.

Al cabo de un rato, y tras pasar por una sesión de fotos paterno-filiales, abandonan la casa y se situan en medio del patio de vecinos.

--Aquí estamos bien. Coged las panderetas, uno, dos, tres:

Desde Belén se oyen,

los caballos al galope,

con las alforjas llenas,

de regalos hasta el tope...

Aquel cuadro era digno de verse. Entre los que pasaban por allí, el que menos, esbozaba una sonrisa, el que más, les daba unas monedas o les felicitaba la navidad.

--Muy bien, chicos, les aplaude un vecino. Hay que recuperar el espíritu navideño. Y coloca un billete de ¡20 euros! en la caja de cartón de Victorita. Cuando entran en casa, Miguel ha cogido la gorra con el dinero (unos 50 euros) y se la ha dado a su madre. “Esto, para China”, le dice.
Cuento para niños: "Los siete viajan a China" (IV) Autor: Victoria Luque.