jueves, 2 de abril de 2009

Juan Pablo, amigo


Hay veces que te echo de menos.
Han sido muchos años juntos, todo lo que llevo de conversión...
y esto, deja huella. Ya hace cuatro años que te fuiste, y todavía me e
mociono cuando veo alguna foto tuya. Da igual.
Puedes estar en ella pletórico de fuerza, de ganas de vivir... o puedes mostrarte como en tus últimos años, débil, necesitado... anciano.
Da lo mismo.
Tu fortaleza sigue presente de una u otra forma.
Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi, casi a un metro de mí...
ibas en el Papamóvil, en Santiago de Compostela. Fue en la peregrinación al Monte del Gozo.

Yo "pasé" de esperarte en el Monte. Y con una amiga decidí ver la catedral, -cosa que no pudimos-. De pronto, sin esperarlo, ya de vuelta, en la carretera, cuando no había casi nadie, pasaste bendiciéndonos a todos.

Todavía me estremezco, porque sentí que me bendecías a mí.

Por aquel entonces yo acababa de pasar por una crisis de fe, y necesitaba encontrarme
con Jesucristo.
Para mí fue igual que cuando Jesús dice a Mateo, el publicano:
"Ven, y sígueme".
Y él, dejándolo todo, le siguió.
Aquella peregrinación marcó mi vida. Hubo un antes y un después de aquello.
Hay una Palabra que se me quedó grabada a fuego, en aquella mi primera peregrinación:

"¿Quien dice la gente que soy yo?
-Unos dicen que Elías, otros que Juan el Bautista, otros que el Profeta...
Y vosotros, quién decís que soy yo?"

Y en aquella ocasión, dije contigo: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo".

Después, cada vez que mi fe se ha tambaleado, he hecho memoria de todos los hitos
que Cristo ha puesto en mi vida, de todas las veces que he resucitado con él,
después de haber pasado por la muerte más profunda...
y entonces he vuelto a decir: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo".
A los que entonces eramos jóvenes nos diste alimento y bebida de la que perdura.
Me has ayudado a madurar la fe. A discernir. A fundamentar mi vida sobre roca.

Recuerdo cómo nos urgías a ser santos, a no conformarnos con una vida mediocre,
a buscar los bienes de arriba.

Nos pusiste metas altas, y nos ayudaste a aspirar a ellas.

Nos decías, "si queréis ser los primeros, sed los últimos. Servid. Amad".

"Dios os quiere libres, felices... haced lo que El os diga".

"No tengáis miedo.

Cristo está con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.

Abrid las puertas de vuestro corazón a Jesucristo.
El no os defraudará".

Lo mejor de todo es que tú cumplías todo lo que nos decías, en tí mismo.
Tú le seguías fielmente, y nosotros lo veíamos.

Y nos animábamos a seguir sus pasos, y los tuyos detrás de El.
Podría hablar de cuando te acompañamos en Israel, de lo exultante que estabas,
porque habías ansiado tanto pisar la misma tierra de Cristo y de María...

Has sido un pastor bueno, y nos has llevado
a pastos jugosos.
Nos has servido la Palabra y nos has mostrado a Cristo vivo y resucitado.
También sufriente.
Y lo has hecho carne en tu vida. Y lo has mostrado al mundo.
Ahora me dices: Haz tú lo mismo.
Recuerdo tu funeral. Impresionante. Jefes de Estado, religiosos, personalidades
de todo el mundo, el pueblo de Dios... todos, mostrandote sus respetos.

Por tu sencillez. Por tu don de servicio.
Por ser "fuerza de Dios".
Santo Súbito, fue el clamor del pueblo.
Yo también lo digo hoy: Santo, súbito.
"Te verán los reyes/ se pondrán de pie/
los príncipes de la tierra se inclinarán/
Yo te he elegido/ te he elegido...
Yo tenía una deuda contigo, no haber estado en Colón la última vez que viniste...
aquello era una espina clavada en el corazón -ya había salido de cuentas,
en el embarazo de Inés, y no me atreví...-.
Pero gracias a Dios, pude despedirme de ti hace dos años, en Roma,
cuando sin preverlo, nos encontramos de repente delante de tu tumba,
en la cripta de la Basílica de San Pedro.
Me emocioné. Lloré como una Magdalena.
Y me despedí de ti, mi hermano querido.
Cuando te fuista al Padre, nos dejaste "un poco" huérfanos.