domingo, 26 de abril de 2009

El Milagro









A las dos de la tarde del día de Reyes, sonó el teléfono:



-¿Es usted el padre de José y Miguel Poveda?



--Sí, así es.



--Mire, tenemos aquí, en la recepción del programa Los pequesabios, de Torre España, varios sobres a su nombre. Los han traído distintas personas en estos últimos quince días, y nos ha extrañado que nadie haya venido a recogerlos. En cada sobre está escrito “Entregar a los padres de José y Miguel Poveda”. Hemos creído que teníamos la obligación de llamarle por teléfono, y hacérselo saber.







--Muchas gracias, iré a por esos sobres ahora mismo, dijo el papá de los siete. Y tras despedirse de su mujer y de la chiquillería, con un “hasta luego, ahora vuelvo”, salió de la casa apresuradamente.







Cuando llegó a Torre España, Andrés estaba excitado. Sabía que algo imprevisible iba a ocurrir. Preguntó en recepción, subió a la 5ª planta, y allí le entregaron los sobres.




Eran cinco sobres blancos, sin remitente, y la letra de cada uno de ellos marcadamente distinta. Los abrió. El primero contenía 300 euros, y una nota:




“Para el viaje y la estancia en China. Me han impresionado sus hijos. Enhorabuena”.




El segundo, el tercero y el cuarto, no traían mensaje, sólo dinero: 500, 1000 y 2000 euros respectivamente.




El último sobre albergaba en su interior ¡4000 euros! y una carta que decía:




“Querida familia, no os conozco pero ya os llevo en mi corazón.




Soy una mujer de 35 años, huérfana de padre y madre desde los ocho,




que se ha emocionado al ver cómo hacíais vuestras las necesidades de




dos niños chinos, y cómo batallabais para darles un futuro digno.




A pesar de que vuestra familia, es ya, de por sí, numerosísima.




Yo, Gracias a Dios, también tuve unos padres adoptivos que cuidaron de mí,




pero sé lo que se siente al encontrarse uno solo en medio del mundo.




Sin ninguna protección. Por eso os apoyo y os envío este dinero.




Haced felices a esos niños. Firmado, María”.




Andrés tuvo que respirar profundamente para no caerse al suelo. Verdaderamente, la bondad de la gente es algo maravilloso, pensó. Y tras guardar los sobres en un bolsillo interior de su chaqueta, salió del edificio sonriendo a todo el que se encontraba en su camino.




Realmente los problemas se solucionaban solos.

EL 20 “E”

Y llegó el gran día. Hoy es el día “20 E”, para José, Miguel y demás tropa. Lo han estado esperando durante varios meses y por fin ya está aquí. El 20 de Enero a las doce de la mañana embarcarán en avión hacia China. Esta noche no han pegado ojo. Especialmente, Miguel. Cuando se ha levantado de la cama lucía dos enormes ojeras y se quejaba de dolor de espalda.



-No me extraña, comenta su madre, has pasado toda la noche dando brincos. Parecía que tuvieras el colchón repleto de alfileres.

Ahora, Miguel va arrastrándose del sofá a la silla, y de la silla al sofá.

-Menos mal que el viaje es largo, y podrá dormir en el asiento del avión todo lo que quiera, comenta su padre.

Desde las cinco de la mañana la casa es un polvorín. Gritos, carreras, risas, llantos... no hay quien se entienda. Mamá recoge los abrigos de los niños y se los pone, mientras papá cierra las maletas sentando a Teresa y Victoria encima de ellas. Llevan mucho equipaje.

-Quizás tengamos problemas en la aduana, piensa Andrés, pero enseguida olvida esa preocupación, porque llaman a la puerta. Son los abuelos que vienen a acompañarlos al aeropuerto.




-Vamos, vamos, no os entretengáis que puede haber atasco en la carretera, dice abuelo Juan frotándose las manos. Está lloviendo a mares, y hace mucho frío,

así que abrigad bien a los niños.

-Adióssss, abuela Carmen, no llores, que nos vamos a buscar al conejo,

se oye decir a Teresita por el teléfono del salón.

La furgoneta va a tope. Papá coloca unas cuantas bolsas a los pies de los niños. Detrás, en una esquina, el cochecito de la bebé; al lado, las maletas, y arriba de éstas el paquete del profesor chino.

-Llevamos lo indispensable, se justifica mamá. Es que somos muchos.



Isabel, la mamá de los siete, se coloca el cinturón de seguridad y pone en marcha el coche. Ella es la que conduce. A Andrés nunca le ha llamado la atención eso de coger el volante. Así que, incluso durante los embarazos, Isabel ha llevado el coche de acá para allá.



-Tiene su parte positiva, comenta ella a quien la quiera oír: Conduciendo, no me mareo. Si estuviera de copiloto, o atrás, con los niños, me pasaría los viajes vomitando.



--A la vuelta de la esquina –canta María, animando a sus hermanos a seguirla- viene Diego rumbeaaando... Diego tiene chulería y ese punto de alegría raftajari, afrogitano...



En un abrir y cerrar de ojos el coche se convierte en una discoteca ambulante. Cristina canta a grito pelado, gesticulando exageradamente. José no se queda atrás, María acompaña la canción con golpes en el suelo y las pequeñas farfullan la letra y dan palmas. Miguel duerme plácidamente.



-“Aserejé, a dejé, dejeve tu dejeve de seui nomba, a javi an de bugui,

an de bugui di mí....

-Aserejé, a dejé, dejeve tu dejeve...



Mamá mira por el retrovisor y da un codazo a papá, para que vuelva la cabeza:
Los niños están con las manos en alto, moviéndolas al ritmo del Aserejé,
la canción del verano. El espejo retrovisor se ha transformado en diez pequeñas manos móviles, que parece quisieran asir el aire del techo.



El abuelo Juan ríe sin parar, y mientras la abuela se seca una lágrima, él,

cómplice de sus nietos, eleva también sus manos al cielo.



LA ADUANA


--Señor, su equipaje pesa mucho. Sólo se admite 20 kilos de peso por adulto. Tendrá que dejar aquí, en el aeropuerto, lo que no necesite urgentemente, comenta el empleado del Departamento de Facturación al padre de los siete. Andrés mira a su mujer con esa mirada que significa “Ya lo decía yo...”, y resuelto, dice bromeando: --¿Qué tal si le dejo siete niños en depósito?.



Con la sonrisa en la boca, y mirando a los pequeños, el empleado de Barajas

le sigue el juego:



--Bueno, podría ser. Tengo que consultarlo. A ver, de momento, podría quedarme con esta niña que se mete el dedo en la boca, ésta, la que tiene esos ojazos negros... dice señalando a Teresa, quien, rápidamente, se saca el dedo y se esconde detrás de su madre.

--¡No! ¡No! ¡No queremos quedarnos aquí! ¡Mamá, no dejes que nos secuestren! Grita María, quien no da crédito a tanta osadía.

--Está bien. No pasa nada. Vamos a buscar otra solución. ¿Y si dejamos algunas bolsas, y el paquete del profesor chino?




El empleado, diligente, comienza a pesar las bolsas, y el paquete de viandas
de Ah Chu:


--Si dejan estas bolsas, y alguna cosa de ese paquetón, ya podrían embarcar

con el resto del equipaje.



--¡Vamos a comer el chocolate, chicos! Dice Andrés desatando la cuerda

del paquete que, con tanta laboriosidad, había enlazado el profesor chino.



En un instante, el Departamento de Facturación se convierte en una tienda de embutidos: Cinco chorizos de Cantimpalo, dos quesos Gran Capitán, un jamón ibérico, diez latas de leche en polvo, diez tabletas de chocolate... Los niños se lanzan a por el chocolate, e Isabel, la madre, no sabe adonde mirar... iba de uno en uno limpiándoles las manos y la cara con las toallitas de la bebé.




--Hija, dice la abuela Isabel, se van a estreñir. No es bueno que coman

tanto chocolate.

--Bueno, mamá, algo hay que hacer. Había que aligerar peso, y el chocolate

los niños lo comen muy bien.




Lo cierto es que la abuela tenía razón. Todos intentaron hacer de vientre en los servicios del aeropuerto, pero no pudieron. Y así, estreñidos, tras despedirse

de sus abuelos, embarcaron rumbo a China.

EL VIAJE EN AVIÓN

--¡Mamá, mira, nos movemos! El avión era un boeing 747 de la Compañía Iberia, y los asientos estaban colocados en filas de diez, así que los niños y sus padres se acomodaron en una sola fila.

A Inés la sentaron en su sillita de viaje, atada al asiento del avión. De pronto, aparecieron varias azafatas haciendo gestos en cada uno de los pasillos; los niños no entendían nada, porque la voz que sonaba de fondo hablaba en inglés, y en francés. Después, sí. Se abrocharon los cinturones, y se agarraron fuerte,

¡aquello empezaba a correr, y se ponía de pie!

--¡Cómo mola! Decía José, mientras Miguel, cosa rara, abría un ojo para mirar

por la ventanilla. Al cabo de cinco segundos, lo volvió a cerrar. Para él era más importante, ahora, seguir durmiendo.

--¡Es algodón! ¡Mamá, yo quiero salir y saltar encima de las nubessss!

Decía Teresa, apoyando su cuerpo sobre el asiento de su madre.

--No, que te caes. No es algodón. Es aire. Y si sales fuera,

te caes por un precipicio... le respondió María, con autosuficiencia.

El pasajero que estaba a su lado, soltó una carcajada.

E Isabel, la madre de los siete, le sonrió.

--¿Son todos suyos?, preguntó extrañado.

--Sí, del primero hasta el último.

--¡Qué maravilla! Ya no se ven familias así. Nosotros hemos sido diez hermanos,

y en casa siempre ha habido mucha alegría. Enhorabuena.

La mamá de los siete agradeció el comentario con otra sonrisa, y cerró los ojos. Habían sido muchas emociones y estaba algo cansada.

-¡Mamá, quiero hacer caca! Gritó Teresa. ¡Mamá, que me hago caca!

--Está bien. Deja a tu madre tranquila. Ven, yo te llevo, dijo Andrés, quien

cogiendo a Teresita de la mano, se dirigió hacia el lavabo de señoras.

Allí estuvo Teresa, sentada en el inodoro, más de veinte minutos.

--¡Papá, no sale! ¡Papá, me duele! ¡Papá, no sale!

Al final, Teresita volvió a su asiento igual que se había ido. El chocolate seguía haciendo de las suyas. Apenas habían pasado un par de horas del despegue,

cuando las cuatro niñas dormían en los brazos de Morfeo. Miguel ya se había espabilado, y acribillaba a su padre con preguntas de este tenor:

--Papá, ¿Cuántos chinos viven en China?

--Mil doscientos millones.

--¿Y caben todos en su país? -

-Sí, porque es muy grande.

--¿Y en qué trabajan en China?

--En muchas cosas. Adonde nosotros vamos, sobre todo cultivan el campo, siembran algodón y maíz. También tienen minas de carbón y refinerías de petróleo.

--Y adonde nosotros vamos, ¿cómo se llama?

--Nosotros nos dirigimos a Pekín. Fino y Tina viven en las afueras de esta ciudad, en una casa grande, de ladrillo, con cubiertas de teja. Fino me ha comentado que tienen pocos muebles, pero que no necesitan mucho más. Allí estaremos muy a gusto.

--¿Y veremos animales?

--Claro que sí. Al lado de su casa tienen un establo con ovejas, cerdos, bueyes, algunas gallinas e incluso puede que tengan patos.

A Miguel le brillaban los ojos. ¡Patos! ¡Si no conseguía encontrar al conejito,

se traería a casa un par de patos!

--¿Y no cultivan arroz? Preguntó José, albergando una pizca de esperanza.

--Hay más algodón y maíz, que arroz.

--¡Bien! ¡Entonces quizás me libre de comerlo!.

Aunque, a renglón seguido, José cayó en la cuenta: Entonces, ¿para qué había estado comiéndolo dos veces a la semana? Y a medida que lo pensaba, la rabia se iba apoderando de él.

De repente, Teresa vio que todos los pasajeros -unos trescientos, más o menos- se levantaban uno detrás de otro, y se ponían en fila para entrar en el servicio. La fila daba varias vueltas en el interior del avión, y todos juntaban las piernas muchísimo, y se encogían para que no se les saliese nada. Teresita miró por la ventanilla y vio una estela de cacas, todas seguidas, dibujando un caminito.

¡El avión estaba haciendo de vientre!.

Además, allí abajo, en la tierra, la gente había sacado los paraguas, porque les estaba lloviendo la mierda que salía por el agujerito del avión .

--¡Qué assssco! Pensó Teresa. Cuando bajemos va a oler todo fatal.

Y se tapó la nariz con sus deditos, por si acaso llegaba algo de olor hasta allí arriba.

--Teresita, ¿Qué haces tapándote la nariz?, oyó que le decía una voz a su lado.

Teresa abrió los ojos y vio que todo estaba normal. Que no había fila de gente. Y que el cielo estaba blanco. La gente con paraguas también había desaparecido.

--¡Menos mal! ¡Qué sueño más assssqueroso!, musitó. Y volvió a dormirse.

LAO Y TAO

Cuando bajaron del avión el cielo estaba encapotado, amenazaba tormenta, y los siete, más papá y mamá, entraron presurosos en el autobús que les esperaba en la pista de aterrizaje. En cinco minutos se encontraban ya en el interior del aeropuerto, aguardando las maletas. Después, buscaron a Fino y Tina.

--¡Eh, estamos aquí! ¡Bambinos! Gritó Tina, moviendo los brazos. Junto a la misionera italiana se hallaban su marido y dos niños chinos, uno de unos nueve años, delgado, de tez mortecina, y grandes ojos ¡azules! y otra, de unos siete años, cabello largo y negro, y ojos ¡también azules!. Ambos parecían inquietos, miraban al suelo, y rara vez osaban alzar la vista.

--¡Qué alegría! ¿Qué tal estáis? Dijo Andrés dirigiéndose a los misioneros con los brazos abiertos. Fino y el papá de los siete se fundieron en un fuerte abrazo.

Isabel y Tina hicieron lo mismo.

Después de los saludos, Tina les presentó a Lao y Tao. José, enseguida se adelantó a sus hermanos y dijo, entrecortadamente:

--Hola, soy José, el mayor... somos siete hermanos... pero con vosotros, si queréis, seremos nueve...

Y le dio la mano a Lao. Éste, cabizbajo, la apretó un instante, pero fue suficiente. Desde ese momento Lao se sintió aceptado y querido por aquella familia.

--¿Te gustan las Barbis? Preguntó Cristina a Tao. Y metiendo la mano en su mochila, sacó una de cabello rubio, piernas larguísimas y vestido de noche rojo.

“Toma, te la presto”, le dijo resuelta. La niña china cogió la muñeca, la miró y remiró, y sin alzar la cabeza, la metió en el bolsillo de su vestido.

--¡Está lloviendo, subid rápido al coche, niños! Dijo Tina, mientras explicaba que aquello no era normal en aquella época del año. La casa de Fino y Tina estaba situada en medio de un campo de sorgo. Allí les esperaban los diez hijos de éstos. El guirigay que se montó fue impresionante. Todos hablaban a la vez. Los chicos mayores enseñaron sus habitaciones a los siete.

--José y Miguel, dormirán aquí, en la habitación de los chicos, dijo Giovanni, el hijo mayor de Fino y Tina, mostrando un dormitorio con siete colchones a ras de suelo. Giovanni hablaba perfectamente el español, al igual que casi todos sus hermanos, pues antes de vivir en China, habían residido cinco años en España. Giovanni, de quince años, aparentaba al menos veinte. Era fuerte, atlético, y le apasionaba el fútbol.

--No tenemos luz eléctrica -continuó diciendo-; un generador nos proporciona electricidad cuando oscurece. Para ahorrar, aprovechamos la luz del sol y apenas anochece, todos a la cama. A las niñas las acomodaron con Clara y Andrea, las dos hijas mayores de los italianos.

--Essssta casa no se acaba nunca, decía Teresa.

Y era casi cierto. Un gran vestíbulo servía de lugar de acogida para los invitados. Luego, la cocina y el comedor en una sola estancia, en la que destacaba la mesa, larga como un día sin pan. Y después, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho dormitorios. Tenían espacio, pero el mobiliario casi brillaba por su ausencia. Para asearse existían tres servicios, sin agua corriente, fuera de la casa.

--¡Mamá! ¡No hay water! ¡Solo hay un agujero en el suelo!

--Te tienes que poner en cuclillas, cariño. Mira, después en esta pila te lavas las manos, y con esta toalla te secas, dijo la mamá de los siete a María.

--¿Y el papel higiénico? Preguntó la niña, angustiada.

--No hay. Usa esta esponja.

--Mamá, dijo María mientras se secaba las manos con la toalla, ¿Los chinos tienen los ojos azules?

--No. Es que el papá de Lao y Tao era escocés, rubio y con ojos azules. Por eso tus nuevos hermanos han nacido con esos ojos tan especiales.

--¿Hay algún país en el que los chicos tengan los dientes fuertes?, preguntó María esperando una respuesta inmediata.

--Los europeos tomamos mucha leche, y tenemos dientes sanos...

--Entonces me casaré con uno del país europeo, dijo convencida, mientras pensaba para sus adentros:

-¡Así mis hijos no se romperán ningún diente con la acera!

Cuento: Los siete viajan a China (V). Autor: Victoria Luque