miércoles, 22 de abril de 2009

INESITA DICE AJO



Somos siete hermanos. Si nos ponemos uno al lado del otro, de mayor a menor,


todos seguiditos, vamos decreciendo en altura y en “madurez”.


Aunque si empiezas a mirarnos de abajo hacia arriba, es decir,


de bajitos a altos, verás que somos la monda.
Inés es la más pequeña, de momento. Tiene tres meses,


y todos sus hermanos alucinan con ella.


-¡Mamá, ha dicho aaajooo.... dice Miguel, a voz en grito, seguido por el pasillo,


casi pisándole los talones, por José, Cristina, Teresa, María y Victoria.


Todos llegan a la cocina casi sin aliento.


--¡Mamá, mamá! Inés ha hablado.... explica Miguel, zarandeando a su madre,


que tiene en las manos un cuenco lleno de gazpacho, y poco falta para que


riegue con él todo el suelo de la cocina.


--¿De verdad ha dicho ajo? Pregunta la mamá de los siete acercando su rostro


al de la bebé quien, mirándola con sus ojos vivos y brillantes,


le regala la mejor de sus sonrisas.


Después, Isabel, la mamá, se saca uno de sus pechos y lo acerca a la boca


de la recién nacida. Los niños hacen corrillo alrededor de ella.


--¿No te duele?, ¿No muerde? ¿Sale leche?, inquieren precipitadamente.


Teresita, de cuatro años, posando sus ojos en los de su madre,


melosa, pregunta:


Mamita, ¿puedo yo entrar otra vez en tu tripa, igual que Inés?.


--No, tú ya eres mayor y no cabes. Pero es mejor vivir fuera de mi tripa, ahí


dentro estás todo el día sin hacer nada, venga a dormir, y dormir, y comer, y


comer.... aquí fuera saltas, corres, juegas, tienes amiguitas...


es mucho más divertido.




A Teresita la explicación la deja medio convencida, porque sí,


se está mejor fuera, pero dentro también estaría muy calentita,


y mamá la llevaría a todas partes...




además, su mamá es la más guapa del mundo,


y qué bien hace la comida...

EL NOVIO DE TERESA


Piripi es el mote cariñoso del tío Jorge; tío de los siete hermanos de esta historia.

Para abreviar, de Piripi pasó a llamarse Tío Pí , pero para Teresa,

la protagonista de este episodio, su nombre es Tio Pisss.


El tío Pisss ha llamado por teléfono desde Sevilla invitando a sus sobrinos

a ir a la feria. Teresita, de cuatro años, y su primo Enmanuel se han vestido

para la ocasión: Ella con un traje de flamenca celeste, con lunares blancos,

y él de corto, con sombrero de ala ancha y botos incluidos.

Van de la mano, y los turistas los paran por la calle para hacerles fotos.


--Si yo sé esto, dice la madre de los siete, pongo una gorra en el suelo,

y cobro por cada foto. ¡Menudo éxito tienen los niños!


A quien se tercie, Emmanuel le cuenta entre risas, con sus gafitas

y su mirada de pillo:


--Teresita y yo somos novios.


Y Teresita añade:

“Los primossss se pueden casar.

Hay que pedir permiso al jefe blanco de la Iglesia,

y si él quiere, puessss se pueden casar”.


De todas formas, recientemente a Teresa le ha salido una rival.

Una tal Laura, a quien Emmanuel tira los tejos.


--Ahora mi novia es Laura de mi clase, dice el infiel.


Pero Teresa, con su lengua de trapo, no se amilana:


-- Emmanuel esss novio de las dos.

Nos casamossss en corro, y ya está.

EL CONEJITO CHINO


María tiene cinco años. Y está siempre alegre, aunque cuando llora,


sus gritos se oyen a cien leguas a la redonda. Quizás influya que tiene las amígdalas


muy grandes, y la voz profunda. No sé.


El caso es que cuando llora, llora sin parar. Por lo demás, le falta un diente


que se le rompió con el filo de una acera; es morena, con ojos vivarachos,


delgadita de cara y de cuerpo. Muy agraciada.




A María de Nazareth, su abuela Carmen la “rebautizó” nada más nacer:


--¡Qué bonita es Judea!, decía. ¡Cómo te mira!


Y “Judea”, la miraba, como queriéndole decir,


“sí, abuela, por Judea también anduvo Jesús, pero yo me llamo


como el lugar donde vivió de pequeño, Nazareth”.


A su abuela este lapsus le duró unas semanas, no más.


El otro día, Miguel y mamá trajeron un conejito chino a casa. Precioso.


María lo acariciaba continuamente. Lo sacaba de su cajita, lo tocaba,


y lo volvía a meter. Lo volvía a sacar, y lo introducía nuevamente.


Así, una y otra vez.


El pequeño conejo, blanco, de ojos morados, llegó tranquilo, pero a las dos horas


de estar en la casa, no paraba de pegar saltos. Estaba estresadísimo.


Mientras papá y mamá dormían la siesta, Miguel ha cogido al animalillo y lo ha puesto


encima de la mesa de la cocina. El pobre conejo da un salto inoportuno,


y cae al suelo.


Miguel ve que no se mueve; llama a sus hermanos.


Pronto está toda la familia alrededor del animal.


Mamá lo coge y lo lleva a otra habitación.


Al cabo de unas horas de incertidumbre, papá dice:


--Niños, creo que el conejo estará mejor en China, con su familia.


El pobre está aquí muy nervioso. Lo voy a llevar a la tienda donde lo hemos comprado.


Desde allí, hará el viaje hasta su país.


--¿Y ya no lo veremos más?, preguntan a coro.


-Bueno, eso nunca se sabe, -dice mamá-. Quizás algún día, si vais a China,


lo veáis allí con su padre, su madre y sus hermanos. Aunque es difícil,


porque China es muy grande.


Todos lo han sentido mucho. Pero comprenden que es lo mejor para el conejo.


María y Miguel no pueden contener las lágrimas.


Papá se lo lleva, con paso firme.


FINO Y TINA, MISIONEROS



A la semana siguiente, los niños conocen a Fino y Tina.


Son italianos, tienen diez hijos, y según cuentan, se dedican a “hablar de Jesús”


a los que no lo conocen, y también a los que saben quién es Jesús,


pero todavía no se han encontrado con El.


En fin, un lío.



El caso es que Fino toca muy bien la guitarra, y antes de cenar,


se han puesto a cantar salmos en italiano.


Fina es una mujer alegre y gordita, ella cuenta a las niñas que, donde viven,


hay muchos chinos y muy pocas chinas; también les dice que en ese país,


Jesús es un extraño.



--Son misioneros, dice José a su hermano Miguel.



José, de mayor quiere ser, por este orden, futbolista, atleta, y misionero.


Futbolista, de los 18 a los 25 años, atleta, de los 25 a los 30,


y misionero, de los treinta en adelante.



José juega muy bien al fútbol, tiene técnica y es inteligente moviendo el balón.



--Cuando sea misionero –dice- además de evangelizar, de dar comida


y de hacer pozos de agua, enseñaré a los niños a jugar al fútbol.



Su madre, medio en broma, medio en serio, le contesta:


-Yo me voy contigo, y te ayudo. Lavo la ropa, hago la comida, plancho,


y organizo alguna escuela rural.



Miguel también se siente atraído por la cosa de la evangelización.


Por las noches, en la cama, le gusta pensar que el arcángel Miguel ha derrotado


a las fuerzas de Lucifer.


Que en una enorme batalla en el cielo, el mal ha sido vencido.


--Mamá, yo voy a ser fontanero, electricista, y piloto de avión,


para ir con José a las misiones, dice Miguel.


--Primero electricista, ¿eh?, que en esta casa la red eléctrica está fatal,


y para planchar en el dormitorio, hay que encender la luz del salón.



--Pero tengo una duda terrible, -señala Miguel, que todo se lo toma a la tremenda-;


no sé si quiero ser sacerdote misionero, o casarme


y llevar a mi familia a las misiones. No lo sé.



Su madre se encoge de hombros, mientras mira de reojo a sus invitados italianos.



--Lo que sí sé, -prosigue- es que en cuanto llegue a China,


¡¡¡voy a buscar al conejito blanco!!!.



Imposible contenerse, y ante la mirada atónita de Miguel, su padre,


su madre y los italianos también, prorrumpen en una enorme carcajada.



(Cuento: LOS SIETE VIAJAN A CHINA (I). Autor: Victoria Luque)